El Numen de Cervantes revive en Felipe Alarcón Echenique (I)

Prólogo

 

Ha querido mi buena fortuna que las conmemoraciones cervantinas de estos dos últimos años me hayan permitido conocer al maestro Felipe Alarcón Echenique, concretamente en el coloquio internacional cervantista que se celebró en noviembre de 2015 en la Universidad Jean Monet (Saint- Étienne, Francia). Desde entonces me precio de su amistad y soy, sobre todo, un admirador rendido de su creación.

 

En su temática cervantina, plasmada en esta obra de la que –volviendo a mi fortuna– tengo el honor de escribir el prólogo, la mirada del artista se diluye proteicamente entre lo que se plasma, lo que se intuye y lo que se sugiere, porque la composición de la imagen también llama muy claramente a la aportación de quien contempla la obra. Por eso las figuras trazadas por Felipe se interpenetran o surgen las unas de las otras como si un mismo centro las generase y al mismo tiempo las trascendiese, definiendo un dibujo de dibujos donde las imágenes dialogan y a veces hasta debaten y donde los trazos, arropados por una geometría de poderoso impacto visual, se funden y se confunden sin perder su esencia en una armonía cromática que no pierde su vigor ni su coherencia ni siquiera cuando se enuncia el contraste.

 

La literatura cervantina impregna ferazmente las obras que conforman esta colección sin que quienes las contemplan deban forzar los límites de su receptividad: lo que se ve, se entiende y aun se siente. Otra cosa, y la obra de Felipe lo pide, es dejarse llevar por las sendas oníricas que se adivinan en las imágenes para abismarse en el universo literario recreado y compartir las peripecias de sus protagonistas sabiendo que en la invitación al disfrute que entrañan estos cuadros laten sentimientos muy intensos. 6 Si el espectador acepta esta invitación sabrá que cada obra supone todo un mundo de pistas y evocaciones en las que puede detenerse sin que importe el tiempo, porque el aire de ensoñación que trasminan estos cuadros no se aviene con la prisa ni con la urgencia. No de otra forma, creo, puede recrearse a Cervantes y su Quijote, que convocan tantas interpretaciones y recreaciones. La que nos regala el maestro Alarcón, alumbrado –y me atrevería a decir que hasta elegido– por el numen de Cervantes, nos trae la mejor alianza de la imagen y la literatura, y por lo tanto reclama ahora y siempre nuestra mejor y más atenta mirada.

 

                                                                             Santiago A. López Navia

 

 

I

 

Felipe, desde niño, buscaba el sentimiento de la triste realidad de Cuba, en la eterna crisis de aquellos años, como un universo encantado y hasta en trance de ser mitificado en su devenir artístico. Pero también puede ser cierto que cuando hacía sus primeros dibujos en los grandes azulejos del parque de su barrio le pasase lo mismo que a Goethe, que inventase una imagen cada vez que le asaltaba el miedo, o tan sólo fuese ya intuición de lo que podría ser su estrategia de supervivencia. El caso es que ahí está el inicio de un proceso que aún hoy sigue desarrollándose sin verse obligado a trazar una meta determinada que le condicione.

 

En él los poderes de sugestión e imaginación –tal como lo expresó Henning Mankell- son los mejores instrumentos para luchar por la vida con una exactitud prodigiosa.

 

 

II

 

Desde su ingreso en la Academia Nacional de Bellas Artes de San Alejandro de La Habana hasta su graduación, se puso en evidencia su innata facilidad para el dibujo y la expresión artística. A medida que avanza, va depurando su técnica con tanta precisión e instinto que la determinación estilística que será su identidad plástica a partir de entonces cuaja en esa etapa biográfica y formativa. Esa escritura de signos que Kahnweiler definía como pintura, emprendió en su quehacer una convocatoria de ideas, formas y acciones.

 

Deseaba ante todo que su lenguaje mostrase el don de la veracidad y fe en sí mismo, y el que después fuese adoptando otras conjugaciones y derivaciones no invalidaba la férrea seguridad inicial. Cuando haya completado su recorrido de instrucción práctica y formal, abordará la investigación y experimentación independientes que necesita.

 

 

III

 

Claro que la magnitud de sus contradicciones y las pugnas internas, al principio de su actividad profesional, se acrecientan y le pesan profundamente. Ser y estar en ese contexto social cubano y específicamente habanero, en que se confunden realidad y sueño, verdad y mentira, conocimiento y dudas, reconocimiento y límites, llega a ser el núcleo esencial de sus reflexiones y obsesiones. Así es como paulatinamente el agobio se hace patente.

 

Aunque el artista se quedó huérfano de padre desde niño y su familia hubo de cambiar de municipio, la fuerte cohesión dentro del clan parental y su entorno le brindan la oportunidad de que su infancia transcurra, con la excepción de la estrechez de márgenes citados, lo más felizmente posible, lo que en el caso de Cervantes fue similar en cuanto a las provisiones a que se vio sometido, pero agravado además por las continuas mudanzas desde Alcalá a Valladolid, Madrid, Córdoba, así como por las continuas entradas y salidas de la cárcel de su padre, que en su caso también se repetirían. Es a su llegada a Sevilla siendo adolescente, cuando por fin, empezaría a escribir piezas dramáticas y poesía, lo que sería el principio de una trayectoria que proseguiría en Madrid.

 

La adolescencia para ambos autores marcó un hito en lo que era la génesis de sendos proyectos que obviamente hay que enmarcar en distintos contextos históricos y socio-culturales, y que en el supuesto del autor del Quijote es la base de la que posteriormente parte Felipe para estructurar su serie con una probada fiabilidad.

 

Mientras nuestro autor acaba graduándose en dibujo y grabado, Cervantes cursa estudios de gramática, retórica y preceptiva en Madrid. Mientras el primero, entre 1975 y 1983, ha sido varias veces galardonado, el segundo, a los veintiún años, goza ya en la capital de cierta fama de poeta precoz y extraordinario.

 

Después vendrían las relaciones de ambos con Italia, por muy diferentes motivos claro está. A propósito del gran literato por su incorporación a las armas; en lo respectivo al artista por sus exposiciones en varias ciudades y la concesión de premios.

 

 

IV

 

Con ello se hace evidente que en el trabajo de ambos –sin ánimo de incurrir en paralelismos absurdos además de inútiles, pues uno es el origen y el otro el que siglos después lo interpreta en un ámbito distinto como es el visual- hay una primera dimensión vertebrada por medio de la fantasía y los sueños, y una segunda consistente en una reconstrucción del tiempo basada en la memoria, la cultura y la historia.

 

Claro es que con su gran poder de observación no han tenido problemas para servirse convocar la realidad en orden a transfigurarla sobre la base de un ideario renacentista y universal.

 

Y si bien el periplo vital de Cervantes ha sido mucho más trepidante, doloroso, trágico, desventurado, agotador e inmisericorde, en cada uno de ellos el arte en que se inserta su obra deviene una posición central, en cuanto escenario donde la humanidad pone el acento en sus valores primordiales, que de tal modo han de considerarse ineludibles. Concernientes a ello, por tanto, se les puede aplicar la frase de Edward Hopper: “el gran arte es expresión externa de una vida interior del artista y esa vida interior será la que determine su visión personal del mundo. Pero por mucha invención del intelecto que haya, nada es capaz de sustituir el elemento social de la imaginación”.

 

 

V

 

Además de la imaginación y su fértil capacidad creadora, entre ellos existe, sin relación con sus tiempos respectivos, un componente casual como es el apellido Alarcón, que aparece en la vida de Cervantes como Jerónima de Alarcón, amiga o supuesta amante suya en Sevilla hacia los años 1588 o 1589.

 

Por otro lado, si el autor del Quijote se había hecho desde joven un hábil amanuense y un experto jugador de naipes, en Felipe había madurado de distintas maneras el placer por lo manual y por una expresividad con dispares niveles de emoción.

 

También hay otra característica a destacar, como es el hecho de que se haya comprobado que no existe un retrato verdadero de Cervantes. Sí que hubo muchos atribuidos a diferentes autores, ya sea Guillermo Kent, J. del Castillo, José María Asensio y Toledo, y el más famoso de todos ellos, el de Juan de Jáuregui. Visto lo cual, el artista hispano-cubano se toma la licencia de pintarlo en su serie de acuerdo a como su fisonomía encaje en función del entramado y la red de interrelaciones figurativas en cada una de las pinturas, dibujos y collages que la formen. Cierto es que tales figuras parten de una identificación literaria e icónica de siglos pasados, pero no es menos cierto que la percepción por parte del autor se plasma en semblantes mudables, en perspectivas variables que le exige el conjunto de su ficción, pues huye de predeterminación alguna del producto final que le condujese a un resultado académico o mecánico.

 

Bien es verdad que no puede escapar a la imagen del Cervantes prototípico que le representa cumplidos ya los cincuenta años con un rostro afilado, nariz aguileña, frente lisa, barba de plata, bigotes grandes, una boca casi desdentada y tez soberanamente blanca.

 

 

VI

 

Y tampoco se arredra Felipe respecto a la inclusión de los entes que conforman su entorno, pues introduce y configura todos los que le parecen oportunos, casi todos ficticios y pululantes en los numerosos ciclos o cadenas de sucesos, ya sean personajes cervantinos, animales, endriagos, héroes como José Martí -el apóstol cubano-, comparsas, monumentos urbanos y rurales –su Habana natal-, rostros, objetos, estatuas clásicas, etc.

 

El espectro es amplísimo, enriquecedor, pródigo, gracias a una técnica muy hábil en el manejo de los elementos constituyentes de la forma, aunque obviamente no llega al tropel de los seiscientos sesenta y nueve personajes del Quijote.

 

Con ello se pone de manifiesto las palabras de Samuel Alexander respecto a que “la obra del artista no procede de una experiencia imaginativa acabada a la cual corresponde la obra de arte, sino de una excitación apasionada acerca del asunto”.

 

 

VII

 

Hay que resaltar que con Felipe la forma nace como un don, sus manos y su mente la persiguen infatigable e interminablemente hasta que le imparte dicción y alquimia, clarividencia y maestría.

 

Dado que el contenido del Quijote son muchas sumas, él lo ha leído a su manera y le ha dado la visión estética que implica significados de volumen, espacio, posición, solidez y movimiento; aspectos que le sirven en orden a una organización y relación de todas las partes hasta culminar el conjunto en su máxima expresión y narratividad. Para ello no sólo está dotado de un poder para la ejecución, sino de una sensibilidad inusitada. Así lo recalcaba Dewey, para el que “la sensibilidad a un medio como tal medio es el corazón mismo de toda creación artística y percepción estética”.

 

Por tanto, en un análisis previo hemos de remitirnos a lo ya publicado sobre el artista de La Habana en cuanto a que no la emprende con el concepto ontológico del tiempo a la hora de llevar a cabo su misión, sino como la pasión de una mirada extendida sobre el texto, sobre cómo le ha construido como artista y como hombre.

 

No cabe duda que uno de sus grandes mentores ha sido Cervantes, con el que, merced a su obra, acrisoló su traslación en busca de una perfección interior, un acopio de la verdad, la justicia y la poesía. En suma gozó de su creación y de las criaturas que poblaban el universo de su fantasía, del que Felipe se apropió en aras a ser un fiel intérprete de una ficción llamada a ser una fuente de magia permanente.

 

Incluso en su taumaturgia visual, lo visivo cervantino queda constatado como épica, ampliando el concepto en relación a que puede hacerse también imaginería y lenguaje visual y estético si también puede escribirse tanto en prosa como en verso, tal como el mismo Don Miguel proclama oportunamente.

 

                                                                                  Gregorio Vigil-Escalera

 

 

Leer El Numen de Cervantes revive en Felipe Alarcón Echenique (II) 

 

 

Imágenes:

 

Felipe Alarcón. Serie ‘ADN Cervantes III’, 2016

Felipe Alarcón. Serie ‘ADN Cervantes (XI)’, 2016

Felipe Alarcón. Serie ‘Quijote II’, 2015

Felipe Alarcón. Serie ‘Sueños cervantinos IV’, 2015

Felipe Alarcón. Serie ‘Dulcinea I’, 2016

Felipe Alarcón. ‘Declaración a Dulcinea’, 2015

Felipe Alarcón. Serie ‘ADN Cervantes VI’, 2016

Felipe Alarcón. ‘La conquista del El Bonillo’, 2015

Felipe Alarcón. ‘Quijote de las sombras I’, 2015

 

Texto e imágenes cortesía de Felipe Alarcón Echenique, Santiago A. López Navia y Gregorio Vigil-Escalera.

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