Venancio Sánchez Marín (1921-1995) y la crítica de arte.

Catálogos de exposiciones

Carmen Arozena en la Sala de Exposiciones

de la Dirección General de Bellas Artes.

Madrid.

Octubre de 1963.

Carmen Arozena y el grabado español

Comencé a distinguir los grabados de Carmen Arozena en aquellas exposiciones colectivas de grabadores, verificadas hace sólo algunos pocos años, en las que predominaba la inmensa tristeza de una mayoría de cultivadores del arte del claroscuro, absurdamente fieles a las prácticas de taller y al rayado formulario. Entre el aburrimiento de tanto calco de fotografía de paisaje o monumento, entre la reiteración de nubes barrocas, pinos gallegos y torres catedralicias, el grabado español se había quedado enquistado en un post-romanticismo con ínfulas modernistas que deprimía el ánimo. Sólo en algún lugar, casi siempre excesivamente discreto, unas estampas expresionistas de inquietante significación, de garra y nervio verdaderamente actuales, se separaban con violencia, cuando no con repugnancia de todo aquel rutinario estampismo: eran las obras de Carmen Arozena.
 
Es curioso hacer constar que, si bien en el transcurso de estos mismos pocos años ha desbordado la ganga inútil de todos esos cultivadores absurdos, realizando una imprescindible toma de contacto con su tiempo, las obras de Carmen Arozena continuaron sin pactar con la facilidad de las tendencias mayoritarias. La adecuación temporal de sus grabados con las manifestaciones artísticas vigentes no arrastró a esta grabadora hacia formulaciones cuya actualidad no excluye cuanto tienen también de formularias. Ni ráfagas informalistas, ni experiencias espaciales, ni, mucho menos, figuración graciosa con pretensiones nuevas. Lo de ella era continuar, casi sola, con su pasión, incidiendo larga y dolorosamente unas imágenes obsesivas que tenían un poco de hieratismo japonés y un mucho de crispación agónica española.

No me importa repetir aquí lo que ya dije en otra ocasión acerca de esta artista extraordinaria. No me importa repetir las verdades, tal vez porque escasean y nunca se divulgan demasiado. Es el hecho de que al observar el estado en que se encuentra hoy el grabado español no podemos evitar que su tono medio, tan satisfactorio en general, nos deje profundamente insatisfechos. Aunque es cierto que existe entre nosotros una nueva y despierta atención en torno al grabado, ya liberado, por fortuna, de su servidumbre ilustrativa, y aunque muchos pintores se están ocupando con talento del arte de la estampación, no es menos cierto que entre estas últimas promociones de grabadores no acaba de distinguirse ninguno capaz de sostenerse a la altura de los grandes artistas de esta especialidad que hay por el mundo. Unicamente Carmen Arozena parecía destinada a conseguir, por la tremenda eficacia del don de su expresividad y por la integridad de su dedicación, esa categoría sobresaliente.

Había en ella, sin embargo, una inexplicable reserva que le hacía comparecer ante nosotros, sólo de tarde en tarde, en exposiciones colectivas donde sus obras destacaban, como a su pesar, por el aliento incontenible de una expresividad casi gritadora. No es seguro que fuera timidez o desconfianza en su propia valía ese rehuir hacerse cargo de su puesto adelantado en el grabado español. Más parece que Carmen Arozena aguardaba un momento misterioso, alimentándose mientras tanto con su propio y dramático fluido, en espera de descargar de un golpe toda la alta tensión de su potencia creadora. O tal vez, al contrario, Estuviera sometida a una de esas mortales inquietudes capaces de hacer de la paciencia larga el mejor ejercicio espiritual. Sólo sabremos lo que nos dicen sus estampas: algo, en definitiva, muy humano, que incide finalmente en un reino angustioso.

 

Ultimamente había sentido un ramalazo de entusiasmo por

la técnica. Por una técnica suya, que le posibilitaba acceder a
 

El hambre (óleo).

los grandes tamaños, multiplicarlas combinaciones, unir planchas, variar tintas, diversificar la estructura de un mismo tema en sucesivas estampaciones. Creo que esta experiencia técnica con su aire de lucha dominadora, no añadía gran cosa a su fundamental potencia expresionista, radicada en el recorrido doloroso de la línea y en el grito doblado de las figuraciones. Pero le había infundido un nuevo deseo de luchar, imponiéndose. Tal vez fuera el principio de esa descarga de paciencia acumulada que todos esperábamos en Carmen Arozena para que ocupara, llena de vitalidad, el lugar preponderante que le señalaba el destino en el grabado español.
 
Mala hora para dicho grabado la muerte de Carmen Arozena. Han quedado, sí, las obras que ustedes ven. Pero ha quedado, sobre todo, el hueco tremendo de las que no ha llegado a realizar.
 
                                                                                                                                                                             Venancio Sánchez Marín

El grito (grabado).

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