Venancio Sánchez Marín (1921-1995) y la crítica de arte.

Catálogos de exposiciones

La pintura sufrida de Begoña Izquierdo.

Begoña Izquierdo.

Escuela de Nobles y Bellas Artes de San Eloy.

Salamanca.

Del 3 al 11 de noviembre de 1964.

La cuestión está en si el arte, ante la problemática social, ha de expresar sincera y valientemente nuestras circunstacias vitales, o si se ha de meter a redentor. Son dos actitudes distintas. La una salvaguarda, ante todo, su propia libertad expresiva, pudiendo llegar hasta la contradicción, pues el mundo, incluso socialmente, está siempre dando vueltas. Al mismo tiempo, esta actitud nos deja a nosotros en libertad de aceptar o rechazar sus denuncias. Es decir, nos concede una humana –y, por tanto, libre- capacidad de discernimiento y pronunciación. La otra se somete a un ideario rígido, tendencioso, sistemático. Se arroga la misión de un “redentorismo” que se ha comprometido a salvar a los seres humanos, aunque no quieran. Se olvida esta actitud de que, desde hace casi dos mil años, los hombres tenemos un verdadero Redentor que, en asuntos de salvación o pena, nos permite optar. Son pues, dos actitudes muy distintas- La una, si puede, nos salvará socialmente despertando nuestra conciencia; la otra, nos impondrá un criterio salvador, a menos que nuestra conciencia, en efecto, despierte
 
Lo digo porque la pintura de Begoña Izquierdo posee un mundo de imágenes lastimadas y lastimosas, que conmueve el ánimo por su penetración poética, y que acusa mucho humano sufrimiento. No sé de otra pintora actual que, en nuestro panorama artístico, cale tan hondo en la tristeza y desamparo de las criaturas pobladoras de sus cuadros.
 
Objetivamente considerado, el arte de Begoña Izquierdo, que rechaza todo esteticismo, para que nada turbe la inquietud que su contemplación nos produce, se inserta, con personal temática y dicción, en las constantes del expresionismo, pudiendo ser igualmente adscrita a las tendencias que activan el realismo vital con una determinada preocupación sociológica. Pero inmediatamente se advierte que en él no se dan las condiciones de protesta clamante y vindicativa que definen la actitud “redentorista”. La sufrida humanidad de sus cuadros más parece necesitada de caridad –es decir, de amor- que de redención.
 
Me refiero a que sus figuraciones no constituyen un manifiesto de rebeldía, sino de tristeza. No hay en ellas denuncias airadas, sino una aceptación que hiere más profundamente el alma. Tanto es así, que Begoña Izquierdo ha sabido dotar a sus figuras de una gracia poética derivada precisamente de su situación de desamparo. Es como si el amor que se echa de menos en el ámbito en el que surgen, fuera sobradamente compensado por el que les presta la propia artista, quien no las quisiera tanto de otra forma más feliz. Así, humildes, tristes, desvalidas, alcanzan en sus cuadros una categoría de orden superior a la belleza. Es, sin duda, el prodigio que en los dominios del arte –como en la vida- realiza la auténtica caridad.
 
De la misma manera que del mundo figurativo de Begoña Izquierdo no se deducen actitudes exasperadas, tampoco cabe apreciar una conformidad con las situaciones vitales que refleja. Hay, simplemente, un conocimiento de la realidad, que el arte asume la responsabilidad de hacer comunicable.
 
Depende, pues, del arte la trascendencia de esas expresiones. Begoña Izquierdo, a lo largo de su quehacer, se ha mostrado en posesión de un nervio expresionista de singular eficacia para lograrlo. Tanto en su anterior etapa, más dramática y de mayor contención en el uso del color, como en la actual, ha incidido en la revelación de su teoría de seres desvalidos.

 

Sólo que en estas últimas obras se ha efectuado un desplazamiento desde su dramatismo desesperanzado hacia unas creaciones de índole más lírica, y en las que ya asoma –lo creo así- un indicio de esperanza.
 
Puede advertirse esta apertura lírica de la obra de Begoña Izquierdo en la incorporación de nuevas gamas que avivan suavemente algunas ropas, y en los fondos paisajistas, que han cambiado paredes suburbanas por amarillos campesinos. Y se advierte, sobre todo, porque en su temática, el sufrimiento se ha sutilizado y busca símbolos más espirituales. Sus figuras siguen poseyendo igual entidad dramática. Siguen, sentadas o arrodilladas en el suelo, con las piernas desnudas, sucias de una tierra que se adhiere a ellas como una lepra enternecida. Pero esperan algo –de Dios o de nosotros- mientras sostiene, abrumadas, con las manos sobre la cabeza, un peso simbólico, u observan pacientemente, el crecimiento lento de unas plantas humildes.
 
                                                                                                                                                       Venancio Sánchez Marín.

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