Venancio Sánchez Marín (1921-1995) y la crítica de arte.

Crónica de Madrid

Goya. Revista de arte. Nº 25, julio-agosto de1958

 

Crónica de Madrid por Venancio Sánchez Marín

 

GREGORIO TOLEDO

 

Antes de iniciar un largo recorrido por diversos países de Hispanoamérica, una selección de los últimos cuadros del pintor canario Gregorio Toledo ha sido exhibida en los salones del Instituto de Cultura Hispánica. La pintura de Gregorio Toledo, bien acrisolada en las aulas de su diario magisterio en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, ha adquirido una madurez y un equilibrio que reclaman para el artista el justo dictado de clásico. No baña sus cuadros con la llamarada fascinante del trópico, sino que, como si las celosías mudéjares de los rancios balcones isleños de su tierra natal la tamizaran previamente, sus figuras y sus imágenes quedan envueltas en una cierta luz recoleta y tibia, con la quietud y la nostalgia emocionadas de un crepúsculo africano. Gregorio Toledo ha vinculado su trayectoria de pintor concienzudo a la estela siempre fecunda del arte de Goya, no del crudo e iconoclasta pintor de brujas y esperpentos al modo de un Eugenio Lucas, sino del Goya luminoso y madrileño de los tapices y los frescos de La Florida, camino que también ha tentado a otros pintores canarios como Jesús G. Arencibia. Sus retratos, especialmente los retratos anuales de su hija, poseen siempre la virtud de prender en el espectador una cierta emoción contenida, la luminosidad tranquila, la saudade de un alma nostálgica.

Gregorio Toledo: Retrato.

PREMIO DE LA CRITICA

 

Ha establecido el Ateneo de Madrid un premio que es de suponer será, en lo sucesivo, muy codiciado por los artistas españoles. Se trata del Premio de la Crítica para los expositores que durante la temporada hayan exhibido su obra en la sala del Prado. Con este motivo se ha formado una interesante exposición colectiva con obras de Santi Surós, Galicia, Antonio López, Monpó, Rosario Moreno, Chirino, Mignoni, Pepi Sánchez, Vento e Isabel Santaló, todos ellos expositores en el Ateneo durante la temporada 1957-58 y y optantes al mencionado galardón, que ha sido otorgado, finalmente, al pintor José Vento.

 

El cronista, que nada ha tenido que ver con este Premio de la Crítica, no incurrirá en la ingenuidad de discutirlo o refrendarlo, y su breve comentario de la exposición deberá entenderse en sentido totalmente marginal a su concesión. Por otra parte, como a su tiempo se hizo en estas páginas la reseña de varias de las exposiciones que lo han originado, tampoco parece oportuno volver a referirse a las características de unas obras ya conocidas y comentadas.

 

En cambio, el conjunto heterogéneo que ahora forman colocadas unas al lado de otras sí ofrece una visión nueva. Los expositores del Ateneo, todos ellos jóvenes y todos con categoría artística suficiente, pueden darnos la pista de muchas de las inquietudes del arte actual, y, por tanto, confrontar sus tendencias, someterles al choque de la proximidad, supone una experiencia sumamente interesante.

 

La primera impresión producida por estas vecindades es la de una confusión desasosegada y agria. El individualismo de los artistas actuales ha roto toda posibilidad de armonía entre sus creaciones y las de los demás. Otra de las consecuencias que pueden extraerse es la de que las obras modernas se destruyen entre sí cuando no se complementan. Esta exposición puede servir de ejemplo de cómo se dañan, se aniquilan unos cuadros a otros al no encontrar el apoyo de otros lienzos hermanos.

 

Así puede apreciarse sensiblemente cómo, por efectos del conjunto inarmónico, se disuelven los claros pastosos de Isabel Santaló, se empequeñece el docorativismo de las litografías de Galicia, desaparecen las composiciones de Rosario Moreno, claman estérilmente los cromatismos de Monpó y Santi Surós, se confunden las obras de Vento y Mignoni y se inutiliza la gracia de Pepi Sánchez. Unicamente los hierros de Chirino, a los que la pintura ni beneficia ni perjudica, y el imperturbable “paletismo” de Antonio López parecen sobrevivir a este feroz aniquilamiento de obras que, consideradas aisladamente, no sólo son estimables, sino excelentes.

Chow Chung-Cheng: Pintura.

CHOW CHUNG-CHENG

 

La señora Chow ha expuesto durante breves días, en el Museo de Arte Contemporáneo, cien obras patrocinadas por la Embajada de China en España. Marcela de Juan, en su presentación de la señora Chow, nos dice que es la primera mujer china que se doctoró en la Sorbona, que es traductora de literatura china clásica, conferenciante erudita y autora de un libro autobiográfico, en alemán, titulado El pequeño sampán. La señora Chow tiene una personalidad encantadora, se obsesiona por antiguas ideas filosóficas y, además, pinta. Y pinta bien, con suave delicadeza, con sabia ingenuidad, con sensibilidad poética.

 

La pintura de la señora Chow está, hasta cierto punto, occidentalizada, y es perceptible, sobre todo en varios cuadros de cabezas femeninas, una influencia equidistante entre Matisse y Modigliani. Más en la mayoría de las obras –entre ellas algunas resueltas sobre seda, con calidades de piel brillante de melocotón- el predominio de la espiritualidad oriental se manifiesta libre de influjos culturales europeos. En las más numerosas, de reducido tamaño, ligeras manchas coloreadas en tonos únicos, grises o sienas, contrastando a veces con débiles aplicaciones de otros colores, hacen surgir, sobre los blancos del papel, flores delicadas, pájaros pequeños como bolitas de pluma, ramas de árbol que se quiebran como caracteres de escritura china. Su temática se amplía con paisajes y figuras de su país, pero puede repetir sin cansancio los motivos parecidos del pájaro y las dos cerezas y el pájaro con la fruta amarilla, la joven del sombrero encarnado y la joven de rostro amarillo, el paisaje color lila y el paisaje amarillo, merced a su levedad graciosa, al estudio perfecto y espontáneo de las formas y a que existe en todos los cuadros idéntico halo poético que establece entre ellos la interdependencia precisa para que la exposición forme una sola unidad decorativa.

RUDOLPH CHARLES VON RIPPER

 

Después de la clausura de la exposición de la señora Chow la sala del Museo de Arte Contemporáneo ha acogido la interesante y variada obra del pintor austríaco Rudolph Charles von Ripper para ofrecer la muestra del inquieto espíritu creador de este artista, no sólo en los terrenos estrictos de la pintura y el grabado, sino también en los de otras artes suntuarias. La exposición incluye numerosos óleos, dos series de aguafuertes y tapices, alfombras y joyas.

 

Sin desestimar la belleza y originalidad de sus joyas, el mayor interés de la obras de von Ripper queda centrado en sus pinturas y sus aguafuertes. Estos últimos son turbadores y contienen una manifiesta intención tendenciosa de filiación

Rudolph Ch. von Ripper: Atlantis

antinazi (el autor fue encarcelado en Berlín, en 1933, e hizo la guerra en servicios de propaganda e información de Estados Unidos). Forman series de doce estampas; una realizada como protesta del artista a la crueldad de los nazis y otra como ilustración de un poema de Muriel Rukeyser sobre John Brown, precursor en Norteamérica del movimiento liberador de los esclavos negros. Técnicamente, el rayado es a veces, confuso, pero acusa buenas condiciones de dibujante imaginativo. Son de un subido tono surrealista y freudiano, de recargado efectismo torturado, de pesadilla inventada que produce hondo malestar, a pesar de responder a un ambiente onírico falseado por la imaginación.

 

Otra cosa diferente y de mayor importancia son sus óleos. Solo en unos pocos, como el titulado Viajeros –raros pájaros triangulares como telas volantes- la influencia surrealista se percibe en algunas formas. El resto de los cuadros –casi la totalidad- son abstracciones que sitúan ante un mundo de cristalizaciones minerales, de rocas y estratos cercenados que muestran su entraña geológica en lentísimo y brillante hervor. En ellos, nubes, bosque, agua y seres vienen a ser únicamente cristalografía, venas y vetas de una densa masa mineral, azul para las sugestiones abisales y roja y amarilla para las estratificaciones terrestres.

V. Pérez Bueno: Jardín de Maricruz

VICENTE PEREZ BUENO

 

No es lo mismo un pintor ingenuista que un pintor ingenuo. En el primer caso sabe lo que hace; en el segundo, hace lo que sabe. ¿En cuál de estos dos casos están las pinturas expuestas por Vicente Pérez Bueno en la galería Buchholz? Confesamos que, en principio, nos sorprenden por su ingenua autenticidad, y es después, al meditarlas un poco, cuando nos llenan de suspicacias. Desde el aduanero Rousseau a hoy ha llovido tanto ingenuismo sobre la pintura que puede justificarse cualquier desconfianza.

 

Realmente, estas consideraciones en nada afectan al posible valor pictórico de los cuadros de Pérez Bueno. Ellos están ahí, sin más preocupaciones, con su indudable inocencia, con su pueril hermosura de falsas perspectivas, de minuciosas arbolados, de hileras de tiestos 

con su flor cada uno, de cataratas del Niágara y de tarjetas postales de Caracas.

 

Cuando, a pesar de todos estos deliciosos absurdos, bañados en alegres colores levantinos, el resultado que se consigue es tan estimable, por algo será. Será porque el artista tenga un gran talento mixtificador o será porque le sople el ángel.

 

La circunstancia personal de Pérez Bueno que es la intuición, y no el conocimiento, quien guía su mano y le elige los colores para entonar los cuadros, y le ayuda a obtener sorprendentes y bellos efectos artísticos con perspectivas imposibles y con temas que, tratados sin esta gracia misteriosa, se hundirían en el mal gusto de la peor pintura.

FRANCISCO BARCELO

 

El mallorquín Francisco Barceló ha vuelto a exhibir en Toisón sus peculiares esculturas de hierro forjado. Valiéndose de material tan simple como es la varilla de hierro, este escultor logra una síntesis airosa de movimientos y actitudes humanas. Son únicamente líneas vivas, elementales esquemas de figuras, esqueletos de volúmenes conseguidos de un solo trazo gracioso y definitivo. Barceló es un hábil forjador que evidencia su dominio técnico en la caligrafía de estas figurillas escuetas, en las que el volumen natural queda insinuado con finos y gruesos de contorno comprimido hasta el alambre. Es éste un arte esencial, reducido al mínimo, exprimido hasta el límite, pero concebido con la mentalidad de aguda observación de un escultor moderno. La línea sola, sostenida en el 

Francisco Barceló: Hombre sentado.

aire, resulta tan elocuente en su expresión que basta para totalizar el movimiento, e incluso el gesto y el carácter Ahí, en el gesto característico, es donde interviene el sentido de observación del artista y el fino humorismo que acredita su inteligencia No obstante, la gracia figurativa y simplificada de estos hierros se halla cruelmente limitada por su misma simpleza. Por ello las pequeñas figuras de Barceló se parecen tanto entre sí y agotan tan pronto sus posibilidades expresivas. Unicamente cuando el enlace de los hierros se realiza en sentido múltiple y vertical, como en su Torre de hombres, se vislumbran posibilidades más amplias y de superior empeño artístico en sus creaciones.

Jerónimo Hernández: Composición.

JERONIMO HERNANDEZ

 

La pintura del joven zamorano Jerónimo Hernández se encuentra aún abriendo horizontes personales, tentando caminos y asimilando ejemplos. Pero ya hay en ella ese algo, preciso y vago al mismo tiempo, que nos habla de inteligencia y facultades poco comunes. Sus óleos, presentados en la sala Altamira, descubren un pintor de limpia ambición que trae las manos llenas de posibilidades y que se enfrenta ahora, generalmente, con el lienzo de reducidas dimensiones, tal vez por su juvenil timidez o tal vez por poseer muy agudizado el sentido de la responsabilidad. Pintura la suya en evolución, es natural que ofrezca arranques distintos, aunque no debe entenderse con esto que Jerónimo Hernández busque, moviéndose siempre dentro de las orientaciones de la pintura actual,, campos opuestos, sino sendas divergentes. Y aquí comienzan los valores que encontramos en este joven artista. Y es que, por cualquiera de los caminos que emprende, consigue resultados plenos de interés. Su punto de partida es siempre un figurativismo inteligente, de dibujo hábil y construido. Usa la pasta precisa, sin levedad y sin derroche, consiguiendo una materia variable que varía de entonaciones según se trate de obras anteriores, en las que predominan los colores cálidos, o de las más recientes, en las que triunfa un luminoso azul. En sus bodegones realiza una notable depuración de 

formas y calidades, acentuada aún más en algunos paisajes de tierras amarillas y de alma sobria y desnuda. En sus composiciones últimas, de bellas refracciones azules, las masas cobran más densidad y violencia en el claroscuro, las figuras se modelan en planos grandes y las rectas se alargan, recordando todo ellos aspectos de la pintura de Vázquez Díaz, aunque más que como una próxima influencia, como una distante admiración.

arte contemporáneo

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