Pongámonos serios: ¿dónde están las nuevas vanguardias?

 

 

A cuestas con lo que es el arte contemporáneo. No apto para jorobados

 

Durante el siglo XX y ahora en el XXI, tradición y modernidad han combatido y todavía luchan por ocupar hegemónicamente el espacio dedicado al fenómeno artístico, aunque, exceptuando algunas corrientes y manifestaciones, sin ánimo de destruirse o anularse –no viene a cuento ser tan melodramático-.

 

Pues bien, a partir de los sesenta y setenta, con un proceso de cambio sustancial en el mapa geopolítico, histórico y económico –se infiltra un renovado y aún viejo neoliberalismo-, aparece un invitado, lo contemporáneo, cuya denominación de origen se debe, o eso dicen ellos, a críticos, teóricos, comisarios de exposiciones, galeristas, subastadores, coleccionista y santones varios.

 

Así es que sin haberse agotado la modernidad, la etiqueta de contemporáneo se conjuga y abarca posmodernismos, eclecticismos, relativismos y todos los varios que quieran o se les ocurra. Por tanto, en lugar de conceptuarse como aquello que cada día atiende a una multiplicidad de prácticas artísticas, sean las que sean y que se solapan unas a otras, lo que verdaderamente es definitorio son las innovaciones, las experimentaciones científicas, los nuevos procesos y experiencias copulativas de factoría y tipología cuasi industrial, las invenciones, etc., lo que en realidad significa que actualmente toda la gama de estilos de representación son negados –lo que se hace es otra cosa, afirman- o ilimitadamente diversos, se adecúen o no al protocolo.    

 

Hasta hay autores que van más lejos  y señalan que lo importante es que la obra de arte muestre la interacción y subversión del orden subyacente, con sus consiguientes patologías al respecto, a las que no se le puede aplicar ningún tratamiento. Faltaba más. Cuánto más sufran más efectivas son.

 

Sin embargo, sí parece que la contemporaneidad es en todo caso procedente para asignar y tipificar el hecho de que el arte se encuentre tanto en un tránsito de globalización como de regionalización a través de movimientos diferentes por muy contingentes que sean. Que lo periférico ha tomado, por fin, un protagonismo excepcional que ha ampliado horizontes estéticos más allá de un continuo debate que va a golpe de ocurrencias bien pagadas e integradas.

 

 

¿Hay una regeneración del arte pendiente?

 

Ya es un epigrama escuchado muchas veces lo de la regeneración del arte y su imposibilidad ante la falta de una cierta renovación en paralelo de la sociedad. Es una palabrería sana y legitimada fundada en el a priori de un  comienzo inmediato de una transformación del mundo -¿desde cuándo la estamos esperando?- y la necesidad del cambio de determinadas ideas.

 

Cuestión aparte y conexa al mismo tiempo es la de seguir generando unas condiciones permanentes para que el arte pueda seguir evolucionando y reformándose en su misma esencia, sin tener que recurrir a la obsesión de una estética “ex nihilo”. Campagnolo lo señala así, concretando que deben existir unos términos favorables a la eclosión de lo que llamamos arte, porque lo que interesa no es la actividad estética  en sí, que es inimitable, sino la aparición de obras artísticas que tengan valor universal, aunque no podría ser de otro modo que teniendo un claro carácter intelectual.

 

Por tanto, no hay una regeneración mejor que la innovación –aprovechando hasta cierto punto el ámbito científico-, la aventura, la variedad, la espontaneidad, la experimentación, la intensidad, la conmoción y el significado inagotable. La sociedad, por supuesto, se encarga –ese es su papel- de modificar los focos de visión, el arte de los idearios de las formas, y el espectador de dedicar,  entre trago y trago, rutina y aburrimiento, la fuerza intelectual –si lo desea- de su imaginación, incluso cuando lo vacuo o la nada domine y nos deje con la contemplación y la meditación a medias si carecemos de los ojos adecuados.

 

 

¡Qué alardes para nada!

 

Que lo conceptual, de una forma u otra, es el nuevo croquis visual e intelectual en el arte actual no es ninguna novedad, es más, sigue plasmándose desde un maximalismo que ya simplemente incurre en lo dogmático y además es el refugio ideal para la simulación y el engaño, la indeterminación y hasta la patochada. Incluso si se  pregunta a la obra en concreto, ésta se incomoda y nos reprocha que  no nos atengamos a sus propios términos.

 

Pero también mucha de la reciente figuración presume de lo mismo, añadiendo que ella va más allá de ese enjuague de entelequias y batiburrillo de materiales, signos y palabras, pues al fin y al cabo se acabaron las vanguardias y ahora no rigen ni la modernidad, ni el progreso, que terminaron yéndose al traste. Lo que omiten, no obstante, es que existen fidelidades lingüísticas, estéticas e ideológicas que no se borran de un plumazo dado que en el fondo siempre está latente el compromiso, la ética y el arte puro.

 

La conclusión, que en su día estuvo de moda, de que lo informal y abstracto eran sinónimos de una vía de progreso -¿hacia dónde?- mientras lo figurativo era una manifestación conservadora y de segunda división, está en estos momentos fuera de juego. Y está en fuera de juego porque de lo que se trata es dar un amplio desarrollo –no postmoderno, que ya apesta- a los espacios de creación, continuar configurando la especificidad operativa del arte y con ello la mejora constante del ámbito cultural en una perspectiva global (remontándonos más lejos, ahí estaba Pérez de Moya, en tiempos de Felipe IV, que se entusiasmaba con la capacidad ilimitada de progreso que encerraba el arte).

 

 

¿Sabe qué dirección va a tomar el arte? ¿Qué no tiene ni idea?

 

Dado que los paradigmas están de capa caída y ya nadie se aferra a ellos, entre otras cosas porque las vías se multiplican, la mera acumulación de ismos, tendencias y corrientes han dejado de proporcionar, como consecuencia, significados auténticos y reales sobre el arte.

 

Si, argumenta Umberto Eco, resulta sumamente peligroso elaborar una definición del arte y ver después que es lo que no entra en ella, está más que claro que ninguna estética teórica, cualquiera que sea su formulación, puede indicarnos qué derroteros tomará el que nos vaya a deparar el mañana.

 

Y este desconocimiento –para muchos necesario por imprevisible- es porque la obra misma es la que inventa y da lugar a la teoría y a la crítica, lo demás es arte conceptual, es decir, filosofía, según Francia Bacon, que está convencido de que la pintura volverá una y otra vez a la referencia y a la figura. Por consiguiente el arte, igual que la vida, persiste a pesar de la teoría.

 

Es más, tampoco es necesario que para concretar este vaticinio recurramos a la entelequia de que el arte sólo se puede entender a través del arte y el arte son los artistas. Lo que hay que entender es que no importa ese futuro porque la ficción no desaparecerá y cuanto más compleja sea, más viva y real será la expresión artística, apunta Robert Hughes, además de que el arte enaltece la propia conciencia e incrementa intensamente la experiencia, cuyo estímulo y clarividencia ambas precisan.

 

Por tanto, a la vista de lo dicho, cabe señalar que la conclusión no ha tenido tiempo de empezar y menos de acabar, pues nunca va a adquirir una tesis válida, tan sólo una verborrea vomitiva y una jerga apocalíptica más que ajada y despellejada.

 

                                                                                       Gregorio Vigil-Escalera

 

Imágenes:

 

Hilma af Klint. Nº 5, 1907

Vassily Kandinski. ‘Iglesia en Murnau’, 1910

Serguéi M. Eisenstein. ‘El acorazado Potemkin’ (frame), 1925

Nick Briz. ‘Vernacular of File Formats - R3M1X’ (frame), 2010

V5MT. ‘S H Λ ΛΛ Λ N I X’ (frame), 2013

Antonin Fourneau. ‘Water Light Graffiti’, 2012

Aakash Odedra. ‘Murmur’ (tráiler, frame), 2014

 

Imágenes protegidas cortesía de los artistas (en su caso, de sus derechohabientes). Imágenes libres vía Wikipedia.

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