La pintura de Felipe Alarcón: aberración de la conciencia y palimpsestos

 

 

De palimpsestos y algunas turbaciones

 

                                                             “El espejo se olvida del sonido y de la noche”.

                                                                                José Lezama Lima.

 

La obra del artista cubano Felipe Alarcón es, sin duda alguna, un gran ‘palimpsesto’ de insinuaciones y de cópulas expandidas que se divierten en su mismo juego, especie de coito orgiástico que vulnera la puridad de las formas para dejarse “penetrar” una y otra vez por el arrebato de la locura y el disenso de la razón instrumental y cartesiana. Un rasgo, a modo de seña de identidad, se advierte en estas obras suyas: el deseo de compactar la grandeza exponencial y la ambición del mundo en la humildad de un soporte pictórico-travesti que celebra la epifanía de las conjunciones y el vértigo vocal del bolero. Existe una clara predisposición hacia la erótica barroca que le permite, con gracia y ademanes licenciosos, hablar sobre ese ser que somos. Es toda una reflexión, si se quiere, acerca de esa rara ontología nuestra que se articula en el fragmento y en el hallazgo azaroso y furtivo, en el encuentro y en la pérdida, en la matemática de lo calibrado pero más que nada en la alquimia de las ilusiones y de lo espectral.

 

Estos ‘entramados polifónicos’ –de particular gusto por la obra abierta y la carnavalización de los referentes- que bien ensaya el artista en el epicentro de sus piezas, resultan una fina construcción (fabulada, ficcionada tal vez) sobre esa realidad cultural de origen y, más que nada, sobre ese estado de excitación hiperbólica que comporta el modelo único y uniforme de ese mecanismo cultural que sustantiva la pose ‘neo-barroca’ y el gesto ‘glamuroso’ (y travesti) carente de mayor interés una vez roto el espejo. Su obra parece querer decir algo, algo más allá o más acá, acerca de esa ‘pluralidad’ legítima que se asienta en la ‘singularidad’ de los hechos y de las cosas. De ahí, en parte, esa obsesión, a todas luces literal, por “el fragmento” y “la fractura” en el contexto de una danza caleidoscópica que fragua narraciones sobre la pérdida de ubicación (o encuentro) del sujeto en el tejido axiológico de la cultura contemporánea, sobre el desvío de la psiquis o sobre el extravío de los “específicos freudeanos”. La idea de hacerse con el mapa, con su fisicidad, frente a los designios de “la irreverencia” y de “la anorexia” de este mundo, pareciera resultar un impulso (casi inconsciente) que recorre la trama de insinuaciones y de digresiones orquestadas en el locus hermenéutico de estas piezas.

 

Si bien es cierto que a simple vista la obra dispensa multitud de maniobras y malabares retinianos en función del hallazgo formal, de la construcción ‘per se’, también es cierto que esas licencias composicionales de acento morfológico suelen priorizar, entretanto, las estrategias del ‘desborde’, la ‘expansión’ y “el rescate” de lo ‘periférico’, a tenor de lo cual resulta tremendamente útil la noción del ‘dialogismo posmoderno’ que advierte el pastiche como una ironía vacua o la ilusión de la parodia como mueca. Quizás por ello, por esa propensión suya al deleite de la forma nunca sustraída (pero tampoco abducida) por el concepto, su poética se mofa de la densa reflexividad de ese arte abocado a la potenciación desmedida de los vectores socio-semióticos o antropológicos, retorizados una y otra vez hasta el cansancio de la fórmula. Para ella es tentador, por el contrario, el alto grado de autoconciencia y satisfacción poética que exhiben -en su textualidad insinuante- las narraciones barrocas entendidas como relatos que no esconden su gramática y se hacen con gozo al artificio y al metalenguaje que se piensa, revisa y deconstruye constantemente en virtud de la prolongación y del espectáculo.

 

Como el resto de lo ‘real’, de todo lo real, la propia idea de objetividad ha muerto. Hoy asistimos a su caída, a su declinación y disenso, lo mismo que decae ese falo hegemónico que la modernidad festejó hasta lo esencialmente arbitrario. De tal suerte “lo denso”, “lo sólido”, “lo fuerte” de toda significación y de toda referencialidad, cede terreno a la pertinencia de “lo noble”, “lo maleable”, a lo menor de las narraciones y de las escrituras anticanónicas. Resulta curioso advertir cómo entonces, ante esa lógica de la cultura que sustantiva la valía de todo aquel hallazgo de signo periférico-lateral, se revaloriza entre los artista la audacia estética de esos relatos desligados de la norma y que habitan a la sombra del texto universalmente elevado. La discutible prevalencia de un único modelo de cultura, de alta cultura, ha hecho peregrinar los pasos de una ideología consagratoria que cifró sus metas en la idealización de los paradigmas modernos. Al contrario de ello, los artistas aceptan la tensión y la fruición dionisíaca de otras observaciones o de otras revelaciones menos trascendentes en cuanto a gravedad y autoridad se refiere. Los textos mágicos, las religiones subalternas, la mitología y la voz popular de los saberse excomulgados por la norma científica y académica, se revelan como reservorios o abrevaderos de alta densidad especulativa respecto de esa misma fuente.

 

Es bien perversa la sensación de que el arte y los artistas deambulen por los márgenes de una sociedad que se ha empachado hasta la embriaguez de tanto discurso subalterno, decolonial, pos, feministas, gay, étnico, antiglobalización, etc… dado que cuanto más se celebra el hundimiento del canon, por otra parte, contrariamente, se erigen nuevas formaciones canónicas que centralizan la alteridad y convierten en hegemónico lo que antes había nacido bajo el signo de “lo lateral”. Lo mismo que se niega el texto, así mismo se rentabiliza el dominio retórico: se potencia la escritura, la lectura del texto apócrifo y la producción verbal casi esquizofrénica. Es entonces desde todo punto de vista lógico y presumible que la llegada de esa “condición expandida” que había permanecido atrapada en el denso letargo de la hibernación, trajese consigo un uso arbitrario y exponencial de las superaciones (y vulneraciones) de la categoría de límite. En la misma medida en que el modelo ortodoxo se reconoce como letal y predatorio ante la fuerza de las reivindicaciones horizontales y lapsas, de esa misma manera se verifica una mayor destreza –por parte del arte y de los artista- a la hora de sustituir eso esquemas por otros en los que la fabulación campea y penetra los órdenes de dominio excluyente y segregacionistas. Al funcionalismo abstracto de las grandes construcciones y relatos (y de sus límites) se vulnera a favor de la propiedad legitimadora de la “figura expandida”. Las piezas de Felipe Alarcón simbolizan, en este sentido, una búsqueda y un extravío. Son, por fuerza, la reconquista de la paradoja y de su loable dimensión persuasiva por medio del engaño y de la erótica de la visión. Entonces, con una dimensión epistemológica que sobrevuela alguno de esos estancos predeterminados por la historia y el lenguaje, el ensayo estético de Felipe revaloriza la erótica de superficie en un acto de expansión de las vetustas presunciones de estilo y de lenguaje cerrado. En lugar de apostar por una unidad centrada, subraya y celebra la pérdida de integridad, de la globalidad, de la sistematización ordenada. Las nuevas figuras vienen a ser “la inestabilidad del específico”, “la polidimensionalidad del referente”, “la saturación del significado”. Desde ahí, desde ese lugar de ambigüedad que prefiere lo inespecífico a las precisiones cartesianas, se consolida su voluntad de reconocerse o re-encontrarse por oposición, negación o superación de los valores precedentes.

 

Por último, estas piezas parecen alegorizar la ontología misma de ese ‘espacio gnóstico’ –introducido por Lezama Lima para hablar y defender su epistemología de lo americano- toda vez que en ellas se reconcilian esas tensiones y se sobrepasa todo dimensión de límite. Ese espacio es, por fuerza de las prefiguraciones anteriores o de las que vendrán, el lugar de las alianzas expandidas, de las suspensiones y elevaciones del logos. Es, sin duda, un sitio mejor, un lugar donde la ilusión, sobrevive a la lógica subversiva y derrotista de los escepticismos.

 

                                                                     Andrés Isaac Santana

                                                                        Crítico y ensayista

 

 

Felipe Alarcón Echenique y su aberración de la conciencia

 

El artista hispano-cubano Felipe Alarcón ha desatado las furias, las suyas y las de todos, las del pasado, presente y futuro. Se encuentra con todos los signos a su favor y tiene que apurarlos antes de que el tiempo, que está marcando en la superficie de la tela, se acabe. Toda nuestra vida está cargada de muerte pero él, en su obra, la carga todavía más, la llena de ese estremecimiento que es la vía para acercarse a la verdad del arte y su historia, que es la nuestra, que es ese relato en el que nos miramos aunque nos cueste vernos.

 

Decía Georges Bataille que la lucidez de la conciencia significa el enfriamiento de la razón. Sin embargo, este artista, en este poderoso tríptico, no la enfría, sino que la deja suelta hasta que culmine en pandemónium donde humanos y divinos, bestias (el rinoceronte de Durero), iconos, Caín, Cristo crucificado, un fauno, el papa, un cardenal, Adán, Eva, iglesias, corruptos, miembros, objetos, etc.,  formen una capilla sixtina del siglo XXI. Esa es la conciencia de la que habla Georges Bataille como nuestra única salida.

 

Por consiguiente, esta obra, ‘La aberración de la conciencia’, puede pasar a primera vista por ofrecer una panorámica impía e iconoclasta, con lo que se quedaría en una visión corta y rácana, fácil y gazmoña. Por el contrario, es una recapitulación lingüística de religión, idolatría, mito, perversión, dolor y mentira. Es como si diese una respuesta antagónica a la frase de T.S. Elliot, aquella de que "cuanto más perfecto sea el artista, más separados estarán dentro de él el hombre que sufre y la mente que crea". Sin duda, la respuesta es absolutamente contraria en Felipe, porque es una incandescencia de estallido, una praxis que a través de un dibujo y una línea que desde que empieza no acaba, vehicula y conforma todo un relato de vida y plástica en un ámbito que sabe vigorizar, darle la fuerza que estaba oculta y ahora hacerle aparecer bajo unas capas cromáticas que simbolizan los contornos de un espacio de espacios que están encima de nuestra cabezas para descender sobre ellas cual si fuese un espíritu al que ya no le sirve ser santo.  

 

Además de todo ello, lo más prodigioso es que esta configuración nos sea tan afín, como si una lección de creencias que nos era conocida estuviese planteándonos otro discurso visual, cuyos elementos nos eran familiares, por supuesto, pero que volvemos a ver con otra perspectiva. La construcción de esta pieza contiene y estructura muchos planos, no deja a ninguno sin su correspondiente sanción, ni tampoco necesita para existir la cordura ni la bendición de ese nuevo papa que desde una esquina superior se declara impotente ante tantos siglos de una grandiosidad falsa y adulterada.

 

Por último, en este trabajo hemos de valorar ese esfuerzo por evocar, por seguir un curso y desarrollo de una estética rica en vestigios desde el Renacimiento hasta hoy, o incluso remontándonos más atrás, hasta el Paleolítico. Todo un recital de doctrinas cuyos hechos pictóricos nos traduce el pintor como una continuación de agravios. Por eso sigo reafirmándome  en que la singularidad de Alarcón, concebida desde muy joven oteando los horizontes ilimitados a los que quería llegar bajo la luz del Malecón habanero, atañe a una condición universal de artista inconfundible y portentoso.

 

                                                                    Gregorio Vigil-Escalera Alonso

             

 

Naturaleza superpuesta

 

En mi obra trato de superponer imágenes entre sí con distintos micromundos.

 

Las imágenes no tienen línea de horizonte y vuelan en la superficie bidimensional buscando un protagonismo ante el espectador.  En un instante o en este instante suceden muchos hechos, nace un niño, muere otro, se desborda un rio, cae la noche y son estos sucesos los que trato de captar en mi trabajo, reflejándolo de una forma conceptual.

 

No desarrollo una imagen estática ni una composición lineal porque me parece que limito la magnitud de lo espontáneo. Utilizo las técnicas del dibujo, el collage, la pintura y el grabado.

 

El dibujo y el collage prevalecen en mi obra porque con la tinta, la aguada y el lápiz puedo dar una visión más dramática a la obra, y con el collage expresarme con más libertad y originalidad a la hora de intentar captar el mundo exterior y plasmarlo a mi trabajo a través de imágenes.

 

Elaboro series monotemáticas como ‘Fábulas milenarias’ y ‘Naturaleza sumergida’

 

En ambas trato de hacer una descripción poética y narrativa de los acontecimientos sucedidos a lo largo de la historia y actuales, como la serie ‘Crónicas del terror’  inspirada en la masacre del 11-M, en Madrid y Serie ‘Mi Habana’ recreada a partir de la añoranza hacia la isla caribeña, mi lugar de nacimiento, y que está implícita en mi obra en cada línea, trazo o filigrana.

 

Al fin y al cabo, para crear no existen límites podemos hacer todo lo que queramos siempre y cuando el resultado final, quede bien plásticamente.

 

                                                                                Felipe Alarcón Echenique

 

 

Felipe Alarcón Echenique (La Habana, 1966)

 

Pintor, Grabador, Dibujante y escritor. Miembro de VEGAP y la Asociación Española de Pintores y Escultores de Madrid.

 

Graduado en la Academia de Bellas Artes “San Alejandro”. Cursó estudios en el Instituto Superior de Arte ‘José Varona’ (1995-1998) en Licenciatura de Educación Artística.

 

Desde 1986 ha expuesto individualmente en Cuba, Italia, España, Alemania y Costa Rica; y colectivamente en numerosos países de Europa, Asia y América. Ha sido galardonado con notables premios artísticos y su obra se encuentra en numerosas colecciones privadas e institucionales.

 

 

Imágenes:

 

F. Alarcón Echenique. ‘La aberración de la conciencia’, 2013

F. Alarcón Echenique. Serie ‘Micromundos VII. Fábulas de Hugo’, 2014

F. Alarcón Echenique. Serie ‘Micromundos I’, 2014

F. Alarcón Echenique. ‘Templo de las maravillas góticas’, 2013

F. Alarcón Echenique. Serie ‘Crónicas en blanco y negro II. Los músicos de la limosna’, 2013

F. Alarcón Echenique. ‘Naturaleza sumergida III’

F. Alarcón Echenique. ‘Fantasías superpuestas I’

F. Alarcón Echenique. ‘Vitrinas humanas’

F. Alarcón Echenique. ‘Esculturas Humanas VI. El alma de Charlot’

 

 

Texto e imágenes cortesía de Felipe Alarcón Echenique, Andrés Isaac Santana y Gregorio Vigil-Escalera Alonso.

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