Cierre de año sin muchas esperanzas                                                                                                             29-12-2017

 

El fin de año es tiempo propicio para hacer recopilación de lo acaecido durante ese periodo y manifestación de los mejores deseos y esperanzas para el que en breve se va a iniciar.

 

Para quien siga mis Nuevas formas no es ningún secreto que considero que el arte hoy día se encuentra en un callejón sin salida. Las prácticas artísticas más interesantes son herederas de las vanguardias históricas y de lo poco más que la segunda mitad del siglo pasado añadió, pero resultan incapaces por el momento de dar un paso adelante y ya se sabe que en arte, como en literatura, el robo sólo es lícito si va seguido de asesinato. Pero lo cierto es que nuestros mejores artistas son incapaces de mandar a Picasso al Museo del Prado. Y no tengo al respecto ninguna duda: el día que ocurra, antes o después, será evidente para la mayoría que la revolución artística, producto del azar, de la necesidad y de la intuición, ha tenido lugar. Otra cosa es que lo viejo se resista a morir, que ocurrirá también.

 

Pero si lo mejor del arte realmente existente es insatisfactorio, ¿qué se puede decir del pseudoarte que constituye la mitad más visible de la práctica artística de hoy? Que se mueve entre la sumisión al poder mediante el escrupuloso seguimiento y transparente expresión de lo políticamente correcto, y la descarada sustitución de la obra de arte, de la cosa en sí, por el discurso de intenciones y la apelación al entorno. En el primero de los casos, el pseudoartista tiene capacidad, lo que no tiene es voluntad. Tiene talento artístico, lo que no tiene es capacidad de sufrimiento para dejarse guiar por ese talento a lo largo de un camino en el que durante mucho tiempo puede haber grandes frustraciones y pocas recompensas. En el segundo, el pseudoartista no tiene capacidad, pero sí una desesperada necesidad de aparentarla.

 

Paradójicamente, este tipo de pseudoartista tiene buena interlocución con el político que provee, porque su lenguaje es mucho más comprensible: narrar, verbalmente o por escrito, la intención que tuvo al fotografiar una playa y lo que pretende al colocar la fotografía al lado de un trozo de madera pintado con los colores del arco iris sobre el que hay una cucharilla de café, facilita al político justificar el dinero que suelta para la exposición.

 

Pero, si bien se piensa, lo que ocurre en el arte es sin duda simple reflejo de lo que ocurre en el esto del mundo, del que el artista debiera ser lúcido analista crítico, implacable voluntad transformadora o variable mixtura de ambas cosas.  No parece el caso y el mundo tampoco colabora, al no tirar por el momento en buena dirección. Aunque también sea posible que uno de los motivos que pueden influir por el momento en el asunto es la crisis de los soportes. No puedo evitar la sensación, ayuna de pruebas por el momento, de que algunos de los artistas de más talento están dedicando un loable esfuerzo a asentarse tecnológicamente en los nuevos soportes digitales y 3D, de lo que lógicamente se resiente se capacidad creativa. Lo que en el ámbito de la pintura o la escultura fluye con naturalidad y destreza, desde el teclado, la tableta o la impresora 3D puede convertirse en una tortura incapacitante.

 

Esperaremos y veremos, pero sin demasiadas esperanzas. Por el momento, de la impresión 4D ni hablamos. (Alvaro Sánchez)

No se les ocurra instalar un cartel de desnudos en el metro                                                                   28-12-2017

 

A los valores puritanos, mojigatos y rancios, soporte de prácticas y servicios de censura, debemos agradecerles que funcionen, sin que nadie se lo haya pedido, como profilácticos visuales y mentales a fin de preservar a la humanidad en su integridad moral y cultural, en su singularidad y dignidad.

 

La premisa fundamental de su actuación es que no se vea aquello que sus intérpretes consideren que no se debe ver, si bien en realidad trasluce su propio miedo e inseguridad a que llegue a verse lo que subyace bajo esta prohibición en forma de honorable consigna alienadora y represiva. 

 

Y además el tiempo transcurrido y los cambios acaecidos en su transcurso no importan, que estemos en el siglo XXI tampoco y que se trate de una cuestión de arte menos. Es un asunto de poder y control, de hipocresía y represión.

 

Así lo entendieron los venerables padres de la compañía administradores del metro de Londres cuando en 2008 rechazaron la instalación de un cartel que representaba una Venus desnuda –sólo se cubría con una mínima gasa transparente- que como reproducción de una obra de Lucas Cranach (1472-1553) estaba destinada a la difusión de una exposición homenaje que se celebró en la Royal Academy entre marzo y junio de dicho año.

 

La explicación oficial de que “podría constituir una ofensa a la sensibilidad de los usuarios de ese medio de transporte, especialmente los de cultura no europea”, es patética, ignorante e infame. ¿Puede herir la sensibilidad de alguien el conocimiento de una parte importante de la historia del arte? ¿Habría que cerrar entonces la Capilla Sixtina? ¿No será más bien al revés, que sean energúmenos como éstos los que constantemente y en todas las épocas nos estén tratando de anular y someter? 

 

Es más, el cinismo del que hacen gala al mostrar tanto celo y preocupación por los ciudadanos de otras culturas sí que es humillante por cuanto su mayoría son rechazados y maltratados y susceptibles de expulsión del país en cualquier momento, fenómeno con el que estarían no sólo de acuerdo sino que seguramente contaría con su conformidad. (Gregorio Vigil-Escalera)

Titulados: Danto... ha muerto (y V)                                                                                                                                  27-12-2017

 

Los norteamericanos no son idealistas -lo eran los confederados y, por eso, sucumbieron al pragmatismo de la Unión-, son materialistas y, por cierto, violentos, virtudes heredadas de sus ancestros europeos. 

 

El dantismo es, como todo buen producto de esa mentalidad pragmática USA, un elemento de destrucción y lo que destruye es la verdad. El dantismo es una bomba que explota y destruye todo lo que tiene alrededor.

 

En primer lugar, destruye la lógica: la teoría de Danto acaba por negar el valor de las normas del buen razonamiento; dos y dos no necesariamente serán cuatro, el resultado será lo que convenga en cada caso. Como en el arte, en la argumentación, cualquier cosa es posible. Danto consigue la perversión de la razón. Una vez que la sociedad ha quedado descalificada para emplear la razón y llegar al conocimiento personal de las cosas, ese conocimiento debe proporcionársele el ideólogo pues el dantismo ha conseguido impedir que la gente pueda pensar por sí misma y ha conseguido que quede obligada a aceptar las conclusiones que “ellos” presenten.

 

Por lo tanto, en segundo lugar, Danto destruye la autonomía personal y supedita al individuo a la jerarquía social para que asuma la nueva verdad

 

Consecuentemente, y en tercer lugar, el dantismo destruye todas las estructuras del mundo, todo orden es cuestionado y alterado. Si no hay arte, podemos plantearnos qué otras cosas que dábamos por ciertas no existen. Si Danto altera la estructura de la historia del arte porque es imperfecta según su modelo de la historia, puede cuestionar al valor de las estructuras de la sociedad.

 

Por último, al cuestionar el mundo tal y como lo conocemos, establece la incapacidad de los gestores actuales que deben ser sustituidos por hombres capaces, a saber, él y los que piensan como él.

 

No hay un término más adecuado para designar la obra de Danto que el de terrorismo intelectual. La finalidad del dantismo es, para los ejecutores, el poder inmediato en el mundo social, para los ideólogos que los dirigen, la desestructuración de la sociedad con el fin de implantar una determinada ideología y establecer su dominio. La teoría de Danto era una teoría política con el disfraz de una teoría artística; desenmascarada, carece de valor, está muerta. Ríndanla, si les place, honores de estado, pero ya es hora de enterrarla.

 

La teoría de Danto se ha demostrado falsa, está muerta. Esa teoría pretendía la sumisión del arte a la filosofía y de los ciudadanos a los ideólogos, esa teoría era una imposición, era una dictadura de la razón sobre la intuición y de las instituciones sobre el individuo. Ahora, los artistas vuelven a ser libres y los sabios lloran porque han perdido su poder. Que sigan llorando.  (Mario Rodríguez Guerras, en A&C artesycosas.com)

Titulados: Danto... ha muerto (IV)                                                                                                                    26-12-2017

 

El pensamiento cuántico que nos ha proporcionado este sabio consiste en poder afirmar cualquier cosa que sea contraria a la evidencia, como hace la física cuántica que demuestra que no podemos conocer simultáneamente la velocidad y posición de una partícula y que una partícula puede estar en dos lugares a la vez. Aplicando las leyes de las partículas subatómicas al mundo material se puede alcanzar cualquier conclusión que nos convenga porque ya no hay reglas.

 

Y esta interpretación de su teoría nos la viene a confirmar el propio Danto. Cuando nos habla de la era posthistórica, nos dice que cualquier cosa puede ser una obra de arte porque ya no hay reglas, añade que la obra debe encarnar un significado y, para colmo, que precisa la definición de la filosofía. Si aceptamos la aplicación de este discurso al valor del arte, queda consagrada esta “lógica” como forma de alcanzar una conclusión válida y, entonces, resultará aplicable a cualquier otra cuestión, ya se trate de una cuestión social o de una teórica. Y lo que defiende Danto es que no hay reglas para razonar, que cualquier exposición puede ser una verdad, que una argumentación posee un significado que es necesario aclarar y que esa labor la debe realizar, en el caso del arte, un filósofo y, en los demás casos, la persona adecuada, a saber, un ideólogo.

 

Esta forma de razonar destruye cualquier verdad y sirve a los sabios para implantar su ideología. El dantismo anula la capacidad de razonar adecuadamente, actúa igual que una lobotomía, destruyendo el cerebro. El dantismo incapacita a sus seguidores para reconocer la verdad y comprender la falsedad. Cuando un sabio, que es un hombre que, con un cargo, un título y un respaldo y respeto sociales, hace semejantes afirmaciones, el hombre corriente cree que, con tantos avales, ese hombre no puede estar equivocado, pero lo que no imagina el hombre corriente es que una persona con tanta responsabilidad pueda estar falsificando la verdad. El hombre de a pie ya no cree en que el director del banco sea su amigo y duda de que un hombre con ese cargo actúe en beneficio del cliente, ahora, sabe que el director del banco busca cumplir sus objetivos. Y, Danto, también. Danto conquista al público y busca cumplir sus objetivos. Pero sus clientes no lo han comprobado, no hay una sentencia condenatoria de su filosofía, y esos clientes aceptan las teorías que les vende porque, encima, cobra por ello y los clientes piensan que si algo es caro es de calidad.

 

Los sabios actúan como los norteamericanos, allí, donde un gobierno les molesta, se alían con mafiosos, terroristas o fanáticos religiosos para derrocarle y, a cambio, van dejando la mafia, el terrorismo y el fanatismo esparcidos por todo el mundo. Allí donde ellos intervienen para poner su orden, quitan lo que ellos consideran un estorbo y dejan infestada la sociedad de violencia, extorsión y muerte pero no les importan las consecuencias de sus actos con tal de conseguir sus objetivos inmediatos y establecer su poder aunque esas consecuencias sean más perniciosas que el mal que pretendían erradicar.    (Mario Rodríguez Guerras, en A&C artesycosas.com)

Titulados: Danto... ha muerto (III)                                                                                                                    22-12-2017

 

Los nuevos tiempos juzgan con su mentalidad y ven un sentido en el arte porque no le ven en la artesanía. En el pasado, no se distinguían conceptualmente estas actividades, como hacen hoy nuestros sabios, porque tan sagrado era hacer una tinaja como hacer una escultura. Aquellos hombres ni tenían los conceptos actuales ni la necesidad de tenerlos. Por lo tanto, en el pasado, todo era arte puesto que en todo veían y ponían un sentido. Bajo un mismo término se englobaban, en el pasado, cosas iguales que, hoy, han acabado por ser distintas y esas diferencias actuales, que no existían en el pasado, quieren imponerlas los dictadores titulados con efectos retroactivos porque creen que su concepción de la existencia es verdadera y universal y porque, no comprendiendo la mentalidad de otro tiempo, solo imaginan una visión del mundo, la suya. Nuestros sabios, que interpretan el pasado con la mentalidad del futuro, llegan a un absurdo y, gracias a su fe en la razón, ni se percatan de ello ni quieren percatarse porque aceptar la verdad conllevaría negar su mundo de fantasía.

 

Por lo tanto, cuando Danto nos empieza a hablar del arte con esta mentalidad del hombre moderno y disminuido, parece como si un biólogo nos dijera que va a hablarnos de los vertebrados pero, antes, nos aclara que solo son vertebrados los humanos porque la sociedad tiene conceptualizado al hombre pero no a las bestias. Así que solo el hombre es un vertebrado; existen, aparte del hombre, animales con vértebras pero no son vertebrados. Es lo que viene a decir Danto cuando afirma que, fuera de la era del arte, no hay arte pero hay obras de arte. Las obras de arte son arte por su naturaleza, no por la consideración social del artista. Cuando un jardinero habla de la flor, habla de jardinería, cuando un poeta cita la rosa, habla del amor, con independencia de lo que piense la sociedad. La separación de cuestiones inicialmente unidas llevó, además, a la reducción de lo artístico a las artes. Danto no hubiera llegado a ser un buen biólogo pero le han nombrado doctor honoris causa los colegas que comulgan con sus ruedas de molino.

 

En el mundo civilizado, en donde no se emplea demasiado la violencia —solo “ellos” están legitimados para hacerlo— y las fuerzas sociales recurren a la palabra y la argumentación para convencer a la población y modificar las costumbres, el dantismo resulta ser una astuta forma de crear nuevas verdades. Lo de menos es la teoría que ese sabio ha desarrollado, lo esencial es que se ha acabado por admitir en la sociedad una nueva forma de razonar, que debemos identificar como la teoría cuántica del arte, en el caso del dantismo, o la teoría cuántica de cualquier otra ciencia. Cuando Danto afirma que la teoría del arte solo tiene cabida en el mundo del arte debemos entender que las sandeces dantianas solo tienen cabida en el mundo de Sandio.   (Mario Rodríguez Guerras, en A&C artesycosas.com)

Titulados: Danto... ha muerto (II)                                                                                                                     21-12-2017

 

En el neolítico, encontramos cerámica decorada que se tiene por arte y podríamos plantearnos si esas obras son arte o artesanía como hoy se considera a la cerámica. Ese planteamiento nace ahora debido a una interpretación que se hace del pasado con nuestra mentalidad. Pero, resulta que, en el pasado, todo tenía que tener un sentido ya que, desde la más remota antigüedad, se pensaba que todas las cosas tenían un espíritu y ese espíritu no era un ser fantasmagórico, el espíritu era una fuerza sobrenatural que había creado el mundo. Todo cuanto ocurría, ocurría por una razón y todo cuanto hacía el hombre lo hacía por necesidad pero esa necesidad no es la necesidad material que entendemos hoy, la necesidad del pasado era la razón última de las cosas de la filosofía. Todo en la vida estaba ligado y la concepción de la existencia era una concepción unitaria, todo tenía un origen último por lo que espíritu y materia eran una unidad. La razón, que ya existía pues es consustancial a la naturaleza humana, no intervenía en estas cuestiones. El supuestamente hombre necio del pasado vivía en el mundo de las ideas mientras que nuestros admirados hombres sabios viven en el de los conceptos, en el que parece que ahogan el conocimiento.

 

En la prehistoria, una cerámica expresaba el sentido de la vida. A medida que evoluciona la humanidad y se cree más inteligente, se va distinguiendo ente el origen de las cosas y las cosas, lo que hace que se prescinda del fundamento de su creación. Hasta hace relativamente poco tiempo, las iglesias se fundaban en aquellos lugares en los que había ocurrido un milagro o donde se encontraban los restos de algún santo. La reunión de fieles se producía por una causa, había un hecho que lo legitimaba; con el tiempo, la reunión en sí acabó por tener un valor y no precisaba ya de una justificación externa y trascendente, el origen y la forma se separan y queda la forma. Por eso, hoy, que se construyen las iglesias para congregar fieles, su fundación no tiene un sentido digamos mítico, las iglesias se construyen por puro pragmatismo y, aunque se sepan los orígenes de los antiguos santuarios, se olvida la forma de pensar de aquel tiempo porque el hombre actual no comprende; el hombre, hoy, solo razona y lo cree signo de superioridad intelectual.

 

La diferenciación racional entre el origen del mundo, que buscaban los tiempos prehistóricos, y el aprovechamiento de la existencia temporal, que perseguimos en el nuestro, rompió la unidad de las cosas. La diferenciación entre arte y artesanía más bien indica la progresiva pérdida del sentido trascendental de la actividad humana, un sentido que parece mantener el arte.   (Mario Rodríguez Guerras, en A&C artesycosas.com)

Titulados: Danto... ha muerto (I)                                                                                                                       20-12-2017

 

En realidad, Danto no ha muerto porque nunca había nacido. Danto —y queremos decir con ello, la teoría del arte de Danto— fue un producto de los sabios que le encumbraron para defender sus intereses. Danto — su teoría— es un aborto que los sabios afirmaban tenía vida y movían con hilos y hasta le insuflaban aire a presión para hacernos creer que respiraba. Eso lo sabían los sabios perfectamente pero es necesario decirlo en voz alta para que sean conscientes de ello y de que ya no nos engañan: Los soportes que le sustentaban han desaparecido y él cae y muere.

 

Danto presenta el origen de sus ocurrencias en la teoría de Hegel. Danto, el ateo, recurre ni más ni menos que a Dios como fundamento de su teoríapues ese es el sentido que pretende dar a sus referencias a Hegel. Danto intenta trasmitir la idea de que su ciencia posee un espíritu que emana de las enseñanzas admitidas de su maestro. Otra cosa es que ese maestro haya acertado en todo cuanto dijo.

 

Hegel habla de un fin del arte a principios del siglo XIX porque aprecia que el arte ya no tiene el sentido que poseía en el pasado, un pasado que afirma es completamente artístico. Danto plantea el fin de la etapa mimética con la aparición de Gauguin y, su comienzo, en el renacimiento. Por lo tanto, el arte del que habla Hegel y del que habla Danto son cosas distintas que nada tienen que ver la una con la otra. Y para confirmarlo recordemos que Danto establece otra etapa artística en la modernidad que llegaría hasta mediados de los años sesenta del siglo XX, mucho después de la anunciada muerte del arte de Hegel. Danto nos habla de Hegel para poder utilizarle a su gusto y conveniencia y para dar legitimidad a sus conclusiones.

 

Danto establece el comienzo de su era del arte en el renacimiento justificándolo en que, en ese momento, se tiene conciencia de la diferencia entre arte y artesanía. Pero establecer el valor de una cosa a partir del conocimiento de la cosa es como suponer que la circulación de la sangre en los animales se produce en el momento en el que Miguel Server la descubre o como suponer que los satélites de Júpiter existen a medida que se van descubriendo. La realidad de una cosa es independiente de la consideración que se la tengaen cada tiempo. En la antigüedad, se llamaba arte al dominio de una técnica y, con esa definición, parece que quedaban emparentadas las artes menores y las mayores y que se había producido, desde el punto de vista actual, una equiparación entre cosas distintas y lo que se debiera haber concluido, desde ese mismo punto de vista, es que la definición no era perfecta y no era perfecta porque el conocimiento de las cosas es un proceso que precisa de los conceptos adecuados y de la experiencia. En el pasado se llamó arte a todo aquello que se realizaba correctamente porque la creación era el aspecto más evidente de una obra pero no el único.   (Mario Rodríguez Guerras, en A&C artesycosas.com)

Danto, un producto de su mundo (y III)                                                                                                          19-12-2017

 

La teoría de Danto ha sido defendida por un clan de sabios con poder social pero sin la capacidad necesaria para resolver las cuestiones teóricas y que, dado su cargo y su título y la necesidad de defender el prestigio social que le proporcionan, no tiene más remedio que ofrecer teorías; y, a falta de pan, buenas son tortas. En este sentido, los sabios no se diferencian del resto de grupos sociales ni de otros sabios ni de otras organizaciones, empezando por los partidos políticos, en los que parece que la gente sigue creyendo, supongo que por necesidad.

 

Con la venta de preferentes a particulares se ha difundido, y con razón, la idea de que el director del banco no es tu amigo. La propuesta llega demasiado tarde, después de resultar ser un hecho evidente. Únicamente sirve ya para expresar con palabras lo que habían demostrado los acontecimientos. Pero el hombre debe poseer una cantidad inagotable de fe y esperanza porque sigue confiando en otros grupos y profesionales.

 

Junto con la condena a las entidades financieras procede la condena de los sabios y de sus teorías. En este mundo, la teoría es un producto que “nos colocan” ya nos convenga o no, el que gana es el vendedor. Ahora bien, los libros de estos sabios en modo alguno deben ser destruidos, al contrario deben constituir la biblioteca de los horrores en la que se estudie cómo un ciudadano con un título y un cargo puede llegar a imponer en la sociedad una teoría carente de fundamento sin que nadie sea capaz de refutarla:

 

Danto es un ciudadano con una teoría simple y un cargo, Danto no es culpable de nada, Danto tiene derecho a elaborar una teoría simple y a solicitar un puesto de trabajo. Los sabios que le respaldan no son culpables de nada, ellos cumplen perfectamente las obligaciones sociales de su puesto. La verdad es algo que hay que buscar, nadie es culpable de no poseerla. La sociedad no puede exigir a sus sabios más que dedicación, y esa sociedad tendrá que aceptar la capacidad que posean sus sabios porque es la capacidad de los ciudadanos más valiosos. Criticar su capacidad es cuestionar la inteligencia del hombre social, por ello, la sociedad no puede criticarlos. En conclusión, hay que reconocer el valor de los sabios, un valor meramente social, y aceptar sus teorías. La organización de la sociedad incluye el mundo del conocimiento en el que los sabios trabajan y elaboran sus verdades. La sociedad no puede organizar el mundo de mejor manera y queda obligada a aceptar las consecuencias de lo que resulte de tal organización. La sociedad tampoco es culpable por no poder resolver esa organización de mejor modo. Ante este panorama desolador en el que cada ciudadano ocupa un lugar pero en el que el error no tiene ni culpable ni responsable ni puede haber condena, cosa que tanto agrada al hombre social ¿Qué queda? Lo que nadie ve, en lo que ya nadie cree, lo que constituyó el origen de la sociedad, lo que es capaz y está libre de compromisos -lo uno por lo otro: El hombre. (Mario Rodríguez Guerras, en A&C artesycosas.com)

Danto, un producto de su mundo (II)                                                                                                              18-12-2017

 

El dantismo es la respuesta política de una facción de sabios a la falta de una respuesta teórica. Unos sabios que no ofrezcan al mundo una explicación racional de un asunto de su competencia podrían parecer incapaces. Con esta teoría, resuelven el problema desde el punto de vista citado, el de la apreciación social de su competencia o incompetencia. Pero el problema del arte tiene otros puntos de vista que esa solución no satisface.

 

En primer lugar, la evidencia de que todas las creaciones que han sido consideradas arte hasta la salvífica aparición del dantismo poseen cualidades que permiten considerar que forman una unidad, con independencia de que las supuestas explicaciones racionales lo nieguen.

 

En segundo lugar, estas supuestas razones, por su parte, no aciertan a explicar cómo esos elementos aparentemente unitarios forman, en un determinado período, el arte y porqué, fuera de ese tiempo, no constituyen manifestaciones artísticas.

 

Ante la gravedad de esta incongruencia, pequeña parece la de englobar, en tercer lugar, en una era mimética estilos tan dispares como el renacimiento, el barroco, el academicismo, el eclecticismo, el neoclasicismo y otros muchos aparecidos en el siglo XIX.

 

En cuarto lugar, la supuesta racionalidad de Danto le lleva a plantear el período que abarca desde Gauguin hasta la Caja de Brillo como un proceso destinado a culminar en la citada caja, negando, nuevamente, valor a la existencia de diversos estilos dentro de ese tiempo.

 

Si bien los sabios han demostrado que, políticamente, eran capaces de proporcionar una solución a un problema, lo cierto es que la racionalidad que pretendían demostrar que poseían se vuelve en su contra por la falta de razones en otros aspectos del arte y por contradecir las evidencias. Si bien Eurípides se empeñaba en plantear el error que proporcionan los sentidos para alcanzar el conocimiento verdadero, lo cierto es que fue su propio maestro, Sócrates, quien recurría a la ironía, que no es otra cosa que la refutación de una teoría mediante la contradicción con la evidencia, aunque se suele denominar ironía a lo que no es otra cosa que burla, desprecio o impertinencia, como consecuencia de un uso que hace el hombre vulgar del término ya que el hombre vulgar, desconociendo la auténtica ironía, emplea una denominación más elevada para referirse a sus propios actos, que es lo único que conoce. Dicho de otra forma, por lo que respecta al asunto del que tratábamos, la ironía es lo mismo que la reducción al absurdo: Si el arte existe desde 1400 hasta 1967, entonces, el urinario de Duchamp es arte pero no el Partenón de Atenas.

 

Después de esta revelación dantiana, el hombre, si es que todavía posee algo de su esencia y origen naturales, no puede, en el caso de que admita su teoría, sino arrodillarse ante su imagen y venerarla, llevando una estampita del sabio junto a su corazón; o cuestionarse la salud mental o, al menos, la intelectual de una sociedad capaz de admitir semejantes sandeces, en el supuesto de que alguien más haya llegado a cuestionarse sus conclusiones.  (Mario Rodríguez Guerras, en A&C artesycosas.com)

Danto, un producto de su mundo (I)                                                                                                                15-12-2017

 

Toda autoridad acaba convertida en autoritarismo. Y toda organización, en un clan. La finalidad de la organización relega sus objetivos fundacionales a un lugar secundario debido a que la propia actividad emprendida para alcanzar sus fines acaba por tener más importancia que los fines. Las relaciones personales y los compromisos condicionan las acciones inmediatas que resultan ser los objetivos casi únicos.

 

Con el tiempo, los intereses personales y la trascendencia social de la organización establecen las condiciones de pertenencia al clan. Yo he podido ver cómo los miembros de una asociación votaban en contra de sus propios intereses solo para no contradecir la opinión de la presidencia, opinión que acababa por convertirse en imposición. Esos hombres eran víctimas del Síndrome de Estocolmo y no lo sabían. Los fines fundacionales se habían perdido pero el compromiso de los miembros con el clan había quedado establecido y fortalecido. Por el contrario, la defensa de una identidad conlleva el enfrentamiento con quienes no forman parte del grupo o de las ideas predominantes: Los extraños son perseguidos.

 

En el mundo de los sabios, que constituye un clan como lo es todo grupo de ciudadanos bien avenidos con unos fines comunes y una organización, la función original es dar respuesta a las cuestiones de su ámbito, en el caso que nos ocupa, la de alcanzar una definición del arte. Y, aunque relegada, esa función debe ser atendida

 

Pero parece que a tan amplio grupo de sabios se les resiste la verdad. Sus exposiciones son, o bien tautologías, o bien descripciones parciales, o bien interpretaciones personales carentes de fundamento. Tal es la imperfección de sus teorías que hay quien llega a firmar que o el arte no existe o que el arte es indefinible.

 

Dentro de este crisol de sabiduría se encuentra Danto. Danto es un filósofo que expone una teoría argumentada acerca del arte. Aunque, en un principio, no se le presta mucha atención, los sabios se acaban por percatar de que la finalidad social de los sabios es aportar una respuesta racional a los problemas de su campo. Gracias a esa interpretación, la teoría de Danto tiene posibilidad de ser aceptada: Es la teoría de un sabio y posee argumentos.

 

El dantismo salva la cara de los sabios frente a la sociedad. La teoría de Danto no posee ninguna verdad pero posee los elementos de la verdad admisible en la sociedad. Por ello, puede ser presentada en sociedad y puede ser impuesta.

 

Dando ha sabido ofrecer a la sociedad lo que la sociedad demandaba, a saber, unos cuantos conceptos con los que los sabios se entretienen y, mientras utilizan sus términos y se preguntan cómo será el arte después de la era del arte, no se cuestionan si tales términos corresponden a una realidad. Si cuando se dice que Dios es amor se está asumiendo la existencia de Dios; al preguntar por el arte después de la era del arte, se está asumiendo que el arte ha llegado a un final, es decir, se está asumiendo que la teoría de Danto es cierta. (Mario Rodríguez Guerras, en A&C artesycosas.com)

arte contemporáneo

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