La universalidad del rapsoda en Felipe Alarcón Echenique (y III)

 

 

Caribeño de la isla, cubano de la diáspora

 

De lo señalado hasta ahora podemos decir que las criaturas de Felipe saltan a su encuentro en una relación llena de presentimiento y de plenitud. Parte de la idea, como ha escrito Kandinsky, de que el artista más allá de las impresiones recibidas del mundo exterior, atesora sin cesar experiencias en su mundo interior; y la búsqueda de formas artísticas que expresen la interpenetración de todas esas experiencias, formas que deben estar despojadas de lo que es secundario a fin de expresar con intensidad lo necesario, en pocas palabras, la tendencia  hacia una síntesis artística, nos parece un principio que debe unir a la mayor parte de los artistas.    

 

Afincado definitivamente en Madrid, casado con una española y ya emplazado para tener un nuevo descendiente, emprende con otras miras una ruta que se hace, por mor de las dificultades económicas, culturales, políticas y sociales, más difícil. Tiene que pelear prácticamente en soledad, buscando apoyos en una y otra parte, con puertas que se le cierran y alguna que se le abre. Como fruto de ello fueron sus exposiciones, “Volando al futuro” y “Enigma del encanto”   en el año 2000 en la Caja de Ahorros de Badajoz y en la galería Biblioart de esta misma ciudad respectivamente. Fuera de España, “Imágenes de otro mundo II” en la sala de exposiciones de Fidiculli en Sicilia (Italia). En el 2003 presenta “Apropiaciones” en la Macor Gallery de Majahonda de Madrid y “Apropiaciones II” en la sala Catarsis, también de Madrid.  Y ya en el 2004 una de sus muestras más emblemáticas dedicadas al “Laberinto Dalí” en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid.

 

Haciendo un paréntesis en lo que se refiere a su pintura al óleo se da la paradoja de que en la misma, desde sus comienzos, a los que luego nos referiremos, si por una parte la pincelada es espesa, cargada de pasta, por la otra, trata de no revelar la visibilidad del artista (aunque es una hazaña imposible), ni su mano ni su pincel, sino que queda todo confiado a la configuración final que es todo un cúmulo visual que se ha construido como una aparición manifestada.

 

Y, por otro lado, su preocupación más importante es la definición cromática, huyendo de los valores miméticamente preconcebidos para buscar una nueva fórmula que deletrea se su propio abecedario y su semantización psicológica.

 

  Él me llegó a decir que volaba en su mente hasta llegar a La Habana, fábula y mito de sus inspiraciones agarradas a las que no se les puede negar ningún abandono, pues en ellas su pasado, presente y futuro se hacen una simbiosis. Después viene ese abarcar desvelado desde los orígenes, desde la historia hasta hoy, debido a un afán de convocatoria iconográfica que sintetiza la emoción de unos vínculos universales sin perder de vista unas referencias que son solamente suyas, enraizadas en lo más honde la textura isleña. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En sus óleos anteriores al siglo XXI, el dibujo se deja subyugar y moldear por el color para que éste conformara otra nomenclatura, otra imaginería, tal como sucede en “Alicia en el país de las maravillas”, unas veces con resonancias soñadoras, acariciantes, enigmáticas pero frías, y otras crepitantes  como en “Desayuno sangriento”. Sin embargo, “Enigma del encanto” y “Concierto en azul” participan de ambas versiones, pero un grado en que lo sublime está a punto de hacerse posible; no en vano, en palabras de Kandinsky, el instinto íntimo, el espíritu creador, pues, creará de manera irresistible y en el momento conveniente la forma de que el artista tiene necesidad.

 

En estas obras, y otras más de aquella época, la factura cromática no ofrece una lucha de poderes sino una orquestación de tonalidades que permiten a los espíritus descubrir quienes y como son, y emerger de esas tinieblas o atmósferas inconfesables, tan inconfesables  como esencialmente caribeñas. Y como ecos atronadores en la luz que baña un Malecón con su destino pegado a ella.

 

  Aunque en tal sentido, como rasgos expresivos, se perciben muchos ojos en algunos de esos lienzos para que quien mire participe de esa misma realidad, que puede ser la suya, pues la mirada puede acabar colaborando e inmiscuyéndose, ya que el elaborar los signos contribuye a lo vital de los logros. Se ha partido de la base de que no hay un esquema ideado previo a la obra. Hay una cierta lógica de la operación pictórica provocando la imagen al azar.

 

Y otra de sus sobresalientes experimentaciones es que pasa de lo coral a lo individual, del destino colectivo incierto al inalienable y particular, tal como en “Edad de oro”, el “Negrito naif queriendo besar su boca” o “Eleguá del camino”.   En ellos el color es ya un grito que impreca, que rinde culto a la organicidad de su fantasía, a una infidelidad que no oculta sus manipulaciones con la alquimia, de la que bebe y con la que espera transmutarse en un dominio omnímodo. 

 

Retomando este hilo poético en el siglo a partir del siglo XXI, las imaginerías se desbordan, los mitos nunca descansan, los ecos y la humanidad se funden en presagios y vaticinios, con lo que las construcciones formales adquieren mayor dimensión y formato. Los colores se hacen más incisivos al señalar, identificar, comunicar, desvelar y no dejar un espacio sin su correspondiente catarsis.    

 

 El crítico Joan Lluís Montané, en cuanto al trabajo de Felipe, habla de la dinámica de las almas que antes han sido y que ahora nos influyen o entrecruzan.   Y de su técnica mixta sobre el lienzo, combinando pintura, dibujo, collage, materia con gesto, detalle, color, planteamiento arquitectónico surreal, en que subconsciente y consciente dialogan en un entorno en el que el espacio cede al tiempo el protagonismo, sumergiéndose en un marasmo pluriorientativo en el que destaca su visión de sí mismo al margen de cualquier divismo. Consciente de sus limitaciones, vive y se adentra en el misterio, para hallar la respuesta al ataque medioambiental en el propio equilibrio interior.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En otra de sus críticas, este mismo autor incide en la coherencia del creador, que se instala en la actitud de serenarse y concienciarse hasta el punto de ser parte  de un todo, de una evidencia de la consecuencia que es la circunstancia. Considera que él siempre está alerta, conjuga información con decisión, surrealismo alegórico y simbólico con expresividad y materia, para entresacar la arteria que comunica cual hilo de plata con el alma que mueve al mundo.

 

Más centrado en formatos más grandes y en el óleo, su realización sigue planteando la superficie por capas: la base cromática primero, su grosor, la incumbencia de la materia que sugiere y significa. Después, la proyección por el dibujo de esa sugerencia de color-masa: los personajes, los objetos, son por ello un laberinto caligráfico donde la materia así estabilizada (su ambigüedad semántica, lo inspirador que hay en ella) lleva a cabo la función designativa, la representación icónica.

 

El expresionismo se acentúa, adquiere un vigor inusitado en lienzos como ”La perseverancia de la fe”, “La ruptura”, “Los comedores de Sandia” o “Metáforas de Cuba”, en los que el color es una funda en la que se envuelve un vertiginoso revuelo de miembros, cabezas, cuerpos, ojos, etc. Son primeros planos en los que la mirada, al ir más allá, corre el riesgo de quedarse dentro, de vivir lo que está ocurriendo y gestándose en su interior, porque su elocuencia no marca distancias, al contrario las acorta tanto como puede, para que a esa iconografía se la pueda seguir el rastro. Tanto en una como en otra de estas telas, la gama cromática es intencionadamente sucia con el fin de que revele idóneamente la fulguración temática, pero sin que ello signifique ni un mínimo de carencia de su timbre característico. Lo repito de nuevo: los cromosomas plásticos de Felipe son inconfundibles y además tienen la sabiduría que es fruto de su afiliación y analogía con un fenómeno indescriptible como es el de la cubanía y lo caribeño. Son muchos sumandos los que va haciendo propios y los que van dando armonización y reconocimiento a su obra.

 

En sus “Apropiaciones”, van entrando de uno en uno hasta que en una de sus telas las paredes se desangran en fluidos tintados mientras el artista en un minúsculo lado del soporte pinta con el aire propicio para soñar. Se produce, por tanto, un cierto torbellino de imágenes que se van levantando confusamente del lecho de esos regueros, demostrando que el mundo es pura impostura, puro amago de fuego y color.

 

En “Esculturas humanas” son los demonios de largo alcance los que visitan y celebran su unión. Sus pasos y gestos de danza son tan finos que silencian los momentos de doloroso esfuerzo para conservar sus colores, lo que algunos no consiguen y son condenados a perpetuidad.

 

Sabemos que en la concepción cromática hay una función de adecuación. El color destaca o anula al objeto, se marca su propio discurso o se somete, cada suceso tiene un desarrollo para el que el producto final es lo que cuenta, cómo se cuenta y con quién se cuenta. Kandinsky determinaba que la línea procede a formar el color, pero la libertad inconsciente de este último se le opone, lo que obliga a la primera a ceñir su perímetro, a acotar su efusión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si nos plantamos ante “Generaciones perdidas” como ante un foco de su ideario, tendremos que recurrir a los versos del poeta Joaquín Romero Murube:   

 

Mis ojos roban encantos

en profundas densidades.

La realidad vive en ellas

con luz con forma sin aire.

 

Este serie es un lamento sin afán de despedida del mundo que dejó, de lo real e imaginario con que se hizo, es una verdad que no es perdón, es un destino que no ha renunciado a ese amarillo de fulgor y que seguirá iluminando esas imágenes mientras conserve el poder de la descarga. Es como si se produjese la unión de su sangre con los cimientos de lo que fue y a lo que nunca ha renunciado, aunque en muchos de esos espacios construidos sean los personajes sean fantasmales, casi translúcidos.

 

Y tal configuración la continuamos viendo en un gran y exuberante peinado de la serie “Cuba 2006”, que es como un abrazo de la memoria que duerme y es despertada por unas voces que le ganan a la soledad hasta hacerla parir mil variaciones de una melancolía que no es más que arte. 

 

Este trayecto de un interior introspectivo, cada vez más dinámico, más amplificado, con mayor dominio de recursos, lo podemos observar en sus series “Paisaje de ciudad” y “Paisaje rural”, y más inclusive en sus cuadros “La última cena”, “Orígenes”, “El viaje final” o el excelente “Retrato del pintor”, en el que introduce unos contrastes de línea, forma y color que denotan una exigencia configurativa de gran peso. Para él su microcosmos sigue siendo un lugar oscuro, de breves destellos, en los que el hombre vive preso, pero sin dejar de emanar vida y sortilegio. Ver y vivir lo que no tenemos y que no nos hace más que un montón de huesos a pasar y pisar sobre otros cuerpos tan oscuros.

 

Mas cuando contemplamos lienzos como el “El asesinato del rey Cronos” o “El dios de los inocentes”, o uno de sus últimos trípticos, son casi gritos, crímenes del silencio u oscuridades buenas, que es lo mismo. Sus criaturas temen al día, para ellos es mejor que dure la noche, aunque sea tan honda, y que no haya un despertar para no tener que esperar el futuro.

 

El tríptico “Los hijos de María”, uno de sus últimos trabajos, es una construcción alegórica de las raíces del ser en un cosmos que conforma etnia, historia, cultura y estética. Como propio de lo que es un ideario ya madurado de autor y al que no le constan otros equilibrios que sus manos fraguando pieles insomnes, el sueño interminable de formas, espacios, sucesos y existencias están ahí más que nunca. Cabalgata (nada de calvario) que aunque vaya de deriva en deriva no necesita agarrarse  a una María que se ha quedado con la expresión congelada del escepticismo de haber llegado a una comarca que vive de noche en un Malecón y de día muere o se desespera bebiendo ron.         

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

      

 

De este estudio conjunto, podemos intuir que uno de los motivos por los que Felipe muestra a esos personajes es dar pruebas de su existencia ahora o anteriormente. Con ello trata de lograr una interrogación mutua sobre el misterio o enigma que late en la mirada que ve desde dentro y la que ve desde fuera. Aunque lo que sucede no es en el exterior sino en un interior que parece un territorio de un tejido introspectivo y físico donde se confunden todas las acciones y hechos de unas espíritus que son diálogos de soledad desde tiempos del pasado hacia claves del presente.

 

Felipe, en definitiva, es el resultado inherente y lógico a una trayectoria continuada e instauradora de una obra marcada por un universo innovador y legitimador de experiencias renovadoras y sortilegios imaginativos en los que se funden vidas, imaginarios, realidades, poesía y los mágicos puentes entre lo caribeño y lo hispánico. Como uno de sus rasgos más sobresalientes es el que ese “mestizaje” cultural y artístico de su quehacer, de su producción, lo hace inclasificable. Podrían entresacarse notas, elementos, apuntes que le relacionan con uno u otro movimiento, pero el conjunto hace imposible la adscripción concreta, lo que le imprime una originalidad indiscutible. 

 

En su obra, pasado, presente, memoria e iconos son los seguros resortes de un acercarse a su realidad para hacerla vivir. Es cuando ya llega a ese instante concreto de revocar lo vacío, derogarlo, anularlo, para sí ocuparlo con una transmigración de signos y huellas.

 

De ahí las múltiples alternativas que proporciona su trabajo, debido a su destacado sentido óptico de creador de estrategias que ensanchan y globalizan la visión, que configuran unos mensajes que llenan espacios en los que hacen pie nuestras íntimas reflexiones existenciales como espectadores, que remiten básica y fundamentalmente a un estilo inconfundible que no está encerrado en la pura eficacia plástica, sino que trasciende esa condición hasta culminarla en un universo insustituible.       

 

Haciendo énfasis en lo señalado anteriormente, de lo que se trata es de determinar la percepción de que es un lenguaje visual que elabora y reelabora, codifica sin cerrarlo, hasta que ya no haya concavidad en la que no se integren orígenes, tradiciones y todo un cúmulo de experiencias, vivencias y confines, cuyo porvenir es la terca espera. Por consiguiente, la significación tanto de una integración exaltadora y fustigadora como de una búsqueda apasionada de misterios y secretos de habitantes grandes y pequeños que ocultan biografías entre sombríos y claros resplandores. La significación queda así desnuda y la figuración cromática es el acero que golpea y después ora.

 

                                                                                                                                                                       Gregorio Vigil-Escalera

 

 

Imágenes:

 

Felipe Alarcón. ‘Turistas en Madrid’, 2008

Felipe Alarcón. ‘Realidad fragmentada’, serie ‘Isla al sur’, 2007

Felipe Alarcón. Serie ‘Isla al sur XV’

Felipe Alarcón. Serie ‘Isla al sur III’, 2007

Felipe Alarcón. Serie ‘Micromundos I’, 2014

Felipe Alarcón. ‘Ofrendas a Eleguá’, serie ‘Raíces I’, 2012

Felipe Alarcón. ‘Naturaleza salvaje’, 2008

Felipe Alarcón. ‘Homenaje a la Caridad’, serie ‘Raíces III’, 2012

 

 

Texto e imágenes cortesía de Felipe Alarcón y Gregorio Vigil-Escalera.

 

 

Leer 'La universalidad del rapsoda en Felipe Alarcón Echenique' (I). Introducción al artista

Leer 'La universalidad del rapsoda en Felipe Alarcón Echenique' (II). Diáspora y culminación

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