Venancio Sánchez Marín (1921-1995) y la crítica de arte.

Crónica de Madrid

Goya. Revista de arte. Nº 33, noviembre-diciembre de 1959.

 

Crónica de Madrid por Venancio Sánchez Marín.

HOMENAJE A UN GRAN MURALISTA
 
No tenía el arte de Ramón Stolz Viciano voceros publicitarios en cada esquina de periódico o revista, pero era generalmente reconocida su maestría y reputado, sin discusión, como uno de los mejores conocedores de la técnica de la pintura en los procedimientos más diversos. Su fallecimiento ocurrido súbitamente el año 1958,  cuando contaba solamente cincuenta y cuatro años de edad  y se hallaba en pleno dominio de facultades, truncó una carrera de eficaz y admirado pintor muralista. Para acercar su obra al público la Dirección General de Bellas Artes, en su sala del Palacio de Bibliotecas y Museos, ha instalado recientemente una exposición de bocetos, fragmentos, dibujos y maquetas que el pintor conservaba en su taller. La obra mural de Stolz, poco conocida en conjunto, se halla diseminada en toda España en iglesias, monumentos y edificios oficiales y particulares. Las piezas expuestas ahora corresponden  a algunos de esos murales y su mayor valor está en la base documental que aportan para apreciar el proceso de elaboración de sus pinturas. Catedrático de Procedimientos técnicos de la pintura en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, Stolz era, posiblemente, el artista español que poseía en nuestro tiempo mayores y más sólidos conocimientos para garantizar la permanencia y conservación de las obras que realizaba. Trabajador callado, disciplinado e incansable, la muerte le sorprendió después de dar las últimas pinceladas a los frescos del Salón de Reyes del Ayuntamiento  de Valencia. Ha dejado una obra  amplia de la que esta exposición, instalada con todo cariño, sólo puede dar un pálido reflejo. La visión fragmentaria, parcial o reducida de la labor de un muralista ha de contemplarse pensando siempre en lo que ha de ser  la realización total y definitiva. Sólo así sus maquetas, dibujos y apuntes adquieren la justa importancia que merecen. Entre los exhibidos destacan bocetos  como el realizado para el Gobierno Civil de Santander, obra de intenso dramatismo inspirado en el incendio que arrasó la bella ciudad norteña, e igualmente su boceto y dibujos del Milagro de Calarda, pintura al fresco en la Basílica del Pilar, de Zaragoza. El arte de Stolz no tenía preocupaciones de temporalidad inmediata. Con la excepción de algunos movimientos de masas o grandes agrupaciones de figuras, en los que se  aprecia un pensamiento moderno paralelo al de Sert, su inspiración venía de las fuentes tradicionales de este tipo de pintura. Esta circunstancia, que le aparta de las mejores posibilidades del arte actual, pudiera ser, sin embargo, su mayor seguridad de futura permanencia y estimación. La exposición, en suma, ha sido un merecido homenaje a una vida de fecunda actividad artística.

 

 

EN RECUERDO DE
EVA AGGERHOLM
 
Las mujeres artistas de España, con cordial y bello gesto, han reunido  sus obras en la Sala Goya para rendir homenaje a la escultora Eva Aggerholm. Danesa de nacimiento, fue en España donde realizó su obra, no muy numerosa, pero sí de gran pureza. Estaba casada con el pintor Daniel Vázquez Díaz, quien hizo de ella el magistral retrato que ha figurado en el sitio de honor de la exposición. Junto a ese  retrato, prodigioso de serena armonía, fue colocada una única obra de la escultora: una cabeza en bronce cincelado, que basta para darnos la medida de su sensibilidad y facultades. Laboró Eva Aggerholm  calladamente y, descontenta siempre de sus creaciones, destruyó muchas,  mas las que se conservan le han de asegurar un puesto digno en la escultura española de su tiempo.

Ramón Stolz Viciano.

Eva Aggerholm.

LA PINTURA INTIMA DE
EDUARDO ROSALES
 
Débil -posiblemente por enfermo- a las exigencias de su época, que desgastó el talento de otros buenos pintores  obligándoles a llenar grandes lienzos aparatosos en los que la Historia pretendía irrumpir con efectismos de tercer acto, Eduardo Rosales fue, no obstante, el único que tocó el género humanizándolo, comunicándole un temblor vital que se sobrepone a los que estos grandes cuadros tenían de ilustrativo y falso. Su célebre Testamento  de Isabel la Católica no cansa el ánimo como otros cuadros de historia con una escenografía preparada, sino que se equilibra en compensación justa y sobrio colorido. Pero, por encima de ese equilibrio de formas y ambiente, lo que importa es la percepción de una vena indefinible de intimidad humana que se revela en sus pinceladas amplias y profundas -esas pinceladas que, según dicen, cada una le obligaba a descansar-. Como Bécquer en poesía, Rosales en pintura nos  da las notas más sensitivas e intimas del Romanticismo español. Naturalmente, mejor   que en los grandes lienzos de ardua preparación se percibe la dolorida y noble intimidad del artista  en sus apuntes, bocetos, dibujos y pequeños óleos, en los que más que un empeño artístico parece manifestarse un estado de ánimo. En este sentido las numerosas obras de Rosales recientemente expuestas en el Club Urbis –lugar que está realizando una excelente labor para difundir el arte-, procedentes casi en su totalidad de la familia del pintor y de diversas colecciones particulares, son de un valor inapreciable y explican mejor que cualquier ensayo biográfico y crítico su temperamento y las vicisitudes de su vida. La existencia nada feliz de Rosales, atormentada por la necesidad y la enfermedad, se halla dispersa y a la vez reunida, sin orden cronológico pero dentro de un hálito continuado, en estas docenas  de obra. En ellas  es posible seguir las incidencias  de su vida y las inquietudes de su arte, tan por encima del gusto- del mal gusto- de sus coetáneos. Paisajes de Panticosa, su lugar de refugio y esperanzas de curación, muestran su talla de paisajista sincero que respiraba al  aire libre y que veía con creciente interés este modo de pintar la naturaleza sin artificios. Retratos y dibujos de cabezas de mujer. Algunos recuerdos de su estancia en Italia. El dibujo a lápiz de su hija,  muerta. Estudio para caballos del rey Amadeo. Apunte para techo y boceto de cabeza y alas de águila. Toda una gama de intimidades, esfuerzos, ilusiones, dolores y triunfos que hablan más  aún del hombre que del artista.
 
 
UN MAESTRO
POCO CONOCIDO
 
Ha sido presentada  en el Círculo de Bellas Artes una exposición antológica del pintor valenciano Ricardo Verde (1877-1954), como  revalorización de un maestro poco conocido. La vida de Ricardo Verde, recluida,  salvo una estancia breve en el extranjero, en el ámbito provinciano de su Valencia natal, donde fue durante treinta años profesor de pintura y grabado de la Escuela  de San Carlos, transcurrió  lejos de la popularidad  nacional que su  arte, indudablemente,  merecía. La semblanza del hombre ha sido realizada por Pedro Caba en unos rasgos literarios  de gran expresividad: “Era un viejecito hebroso, enjuto, menudo, ágil, exacto y puntual …, con blusa y con boina; tenía la nobilísima   dignidad de un maestro antiguo y el rebrillo viejo de un humanista que pinta y lee… Tenía sesgos de lámina de Durero y líneas lentas y duras de un retrato de Holbein”. No cabe duda de   que la personalidad humana de Ricardo Verde debió ser atractiva  y nada común.  La obra de este pintor, que tuvo como compañeros de estudio y profesorado a artistas tan célebres como Sorolla, Benlliure y Benedito, aunque inadvertida para muchos, fue fecunda   y varia, a juzgar por los treinta óleos y setenta y dos guaches, acuarelas, aguafuertes, pasteles y dibujos de otras técnicas que figuran en la exposición. En difícil postura entre el arte del  XIX y  XX, Verde se refugia las más de las veces bajo la extensa sombra goyesca. En procedimiento y en concepto, Goya –especialmente el de Los Desastres- pesa abrumadoramente sobre este artista levantino. No se trata sólo de algo tan simple como una influencia o una imitación. Parece como Verde, abiertamente, intentara poseerse dentro del espíritu creador del genial aragonés. A él no llega, pero su obra tiene una dignidad merecedora de toda consideración en tan peculiar –y peligroso- empeño. En general,  los cuadros  se distribuyen en tres sentidos o facetas de su personalidad artística. Dos de ellas más sólidas y conseguidas: la naturalista, a la que pertenecen  unos soberbios autorretratos, y la expresionista, de filiación goyesca, que se halla vigente en la mayoría de sus grabados y dibujos. La tercera faceta, menos consistente, tiene un carácter regionalista que supera cuando en escenas populares  emplea un tono desenvuelto de burla y desenfado.

 

Ricardo Verde Rubio.

Angel Medina.

SEIS  NUEVOS VALORES
 
No son nuevos los seis “nuevos valores”  que han colgado sus lienzos  en la Galería Mayer. Sin embargo, como así aparecen en el catálogo, nos mostraremos respetuosos con  la titulación por ellos elegida. En realidad, con excepción de uno -López Sánchez- que nunca había expuesto, pero que era  conocido como ilustrador y muralista, los otros nos habían dado en ocasiones anteriores la prueba  de su buen concepto pictórico. Ahora, reunidos, han formado un conjunto del mayor interés y una de las mejores muestras de pintura actual  que nos ha deparado el comienzo de la temporada. El catálogo editado por esta Galería, que tan acertadamente viene dirigiendo Eduardo Llosent y Marañón, es un buen ejemplo de cómo debe  presentarse  una exposición y prolongar su  memoria. En él  figuran, con los retratos o autorretratos de los artistas, unas curiosas definiciones firmadas por ellos mismos. Una de ellas, la de López Sánchez, le ha parecido al cronista tan esclarecedora que no resiste la tentación de transcribirla. Este pintor dice “Cuando tenía veinte años, y era alumno de la Escuela  de Bellas Artes, un compañero me prestó el libro Cézanne,  de Eugenio d”Ors. Allí  leí lo siguiente: “Este maestro fue un aprendiz. Fórmula y definición  que únicamente alcanza  valor pleno y justo cuando se la relaciona con el principio general que afirma que hoy no existen, no pueden existir  más que dos tipos de pintores: los aprendices y los farsantes”. En aquellos veinte años, recién estrenados, me impresioné tanto con tal aforismo que me propuse para siempre no ser un farsante. Esto, conjugado con mi dramática torpeza, es la clave de toda una disposición de ánimo con la que nunca deja de ser consecuente.” La terrible elección-piensa el cronista- de ser siempre aprendices o incurrir en la farsa de imitar a alguien o de imitarse a sí mismo, ¿tendrá algo que ver con el desasosiego que se aprecia en todo el arte joven y, en particular, en el de estos seis pintores? Porque si algo  está claro en la actuación de todos nuestros artistas más interesantes es la disconformidad  y discontinuidad con lo ya hecho –por ellos o por los demás- y una apetencia insaciable de renovación que les derriba sus propias conquistas, colocándoles de nuevo en la situación aventurera y desamparada del aprendiz.


Así se explica que Vento y Genovés cambien, abandonando formas anteriores. El segundo pinta ahora en una zona límite en la que se confunde el figurativismo y la abstracción. Pinta con una materia cálida que a veces se sutiliza en transparencias. Dos de sus cuadros están llevados al último extremo de la  representación de la figura -¿mujeres sentadas?-, mientras en los restantes realiza el mismo juego abstractista con el bodegón y el paisaje. Vento, en cambio, ha salido de su cuadrícula, tantas veces repetida, para ganar en profundidad y en sugestiones concretas. Su pintura, que anteriormente nos había parecido sólo hábil e inteligente, tiene aquí un trasfondo de expresión trágica  y preocupada. Sus bodegones son muy buenos, de engañosa simpleza, y empasta con vibraciones como hilos de luz. También Moreno Galván es un pintor de excelentes bodegones. Tiene dos: uno de palomas y otro de cacharros con calidad de loza, sobre fondos cálidos, dignos de un  Zurbarán moderno que hubiese cambiado la austeridad  por la pasión. Sus cabezas y figuras, aunque interesantes,  no alcanzan  la categoría extraordinaria de sus bodegones. Hernández Mompó emplea colores superficiales, rosas, azules, claros siempre. En sus temas apunta un risueño humorismo. Realiza  una pintura agradable cuya transcendencia está en razón directa con la levedad – alegría- espiritual que produce. Angel Medina insiste en esta exposición en sus temas de sillas y máquinas de retratar. La ausencia de figura humana no excluye un cálido aliento que queda en el ambiente de sus cuadros. Sus  bodegones  son de un figurativismo definido entre verticalidad de palos de silla y patas de mesa. Emplea un particular siena rojizo para las figuraciones, y azules con rosas y blancos para los fondos. López Sánchez aporta tres bocetos de los murales efectuados en la Iglesia de San Fernando, de El Ferrol del Caudillo, y dos retratos infantiles de fina emotividad. Los bocetos le revelan como muralista ampliamente dotado, de recia personalidad y riguroso  concepto, que se recrea en la gama única de los sienas dorados y cálidos.

 

Guijarro.

Hernández Mompó.

ÁNGEL MEDINA
 
Dos de los seis pintores de que venimos hablando han realizado exposiciones individuales  poco después de la clausura de la que acabamos de comentar. Uno de ellos es Ángel Medina, y su pintura la hemos visto en la Sala del Ateneo. La primera impresión destacable es el abandono de su temática exhaustiva de cámaras fotográficas y palillos de sillas. Aquí hay figuras humanas y hasta unas pocas flores. Su mundo expresionista es, ahora  más que nunca, el reinado del sepia. Sepia son sus mujeres, que, cayendo un poco hacia un lado, serían abstracciones, y,  si cayeran del otro, entrarían a formar parte de la tipología inventada por la pintura social. Sepia son igualmente sus bodegones con fruteros de tallo alto y sepia es también un cuadro con estufas de largo tubo-¿vendrá ahora la secuencia  de las estufas?-. En Ángel Medina hay un pintor irónico y un tanto “tremendista” que se ha proporcionado para su disfrute un mundo de un solo color y lo está poblando   de objetos  arrumbados. Y lo curioso   es que ese mundo nos gusta. Tiene vigencia, es inteligente e inteligible. Lo que prueba, al  fin  y al cabo, lo buen pintor que es.
 
 
HERNANDEZ  MOMPO
 
El otro pintor es Mompó. Y su exposición de óleos, guaches y dibujos se ha verificado en la Sala Neblí. Si el arte de Medina  nos encierra en un mundo del que la evasión  no es fácil, el de Mompó, en contrapartida, nos abre  un pequeño universo de felicidad  infantil  en el que nos sentimos liberados de angustias y preocupaciones. En cierto sentido infantilista Mompó supera el  arte de Miró, guardando con él, no obstante, algún parecido de familia por cuanto tiene de balbuceante e inconexo. Pero Miró  es un rupestre al lado de Mompó, que se aniña con pleno conocimiento para apoderarse de los elementos infantiles y de su gracia fluyente y enrevesada. Técnicamente muy cuidada, en esta pintura el dibujo no se endurece ni recorta. El  claro cromatismo, leve pero no pálido, junto con la prodigalidad de temas amables e infantiles, aligera los cuadros de toda pesadumbre, dejándolos iluminados tibiamente por el sol de la felicidad.
 
 
GUIJARRO
 
Mucho se exige a este pintor. Y es lógico, pues es uno de los jóvenes ya consagrados que con más brillantes triunfos está realizando su carrera artística. Su reciente exposición en la Sala Abril nos ha defraudado un poco, no en cuanto a la calidad de sus telas, que siguen siendo dominadas con sabiduría y poseyendo un infrecuente atractivo, sino por sus escasas aportaciones al desarrollo de su arte. Le ha faltado amplitud a su exposición, tanto como le ha sobrado diversidad. No dudamos que en breve Guijarro realice la exposición ambiciosa y grande que le corresponde por su destacado lugar en la pintura actual. Su arte sigue adherido a la calidad de los objetos, pero, sobre todo en sus bodegones, esta realidad aparece inserta  en diferentes planos  de desigual profundidad. Más que de un espejo paseado a lo largo de las cosas, cabría, viendo sus obras, hablar de unas cosas -frutas abiertas, jarras, etc.- traspasando un espejo. Por otro lado, el constructivismo cromático de las masas de varios de sus cuadros está lleno de sugestiones orientales, como de alfombra mágica sobre la que vuelan los objetos acumulados del bodegón. Este regusto original que tienen ciertas obras de Guijarro –a nuestro parecer, su faceta  de mayor originalidad- se hace más patente todavía en la plástica equívoca -¿niñas, mujeres, muñecas?- del repertorio de sus figuras femeninas.

Ana María Sagrera.

Fernando Sáez.

ANA MARÍA SAGRERA Y ANTONIO CASQUETE DE PRADO
 
En la Sala Berriobeña han expuesto conjuntamente estos dos artistas. Ambos son jóvenes y poseen, aunque con estilos muy diferentes, condiciones semejantes de estimable valor. Los dos se encuentran en el momento en que deben elegir  un camino continuado, cada uno dentro de su personal expresión, dejando a un lado  las malas tentaciones de lo que pudiera ser imitativo e insincero. Entre sus cuadros hay obras seguras y obras vacilantes, hallazgos felices y tentativas frustradas. Sin embargo, la calidad de sus obras mejores ya permite adivinar en ellos un destino de artistas que no se conformarán con lo fácil, sino que calarán hondo en la pintura. Ana María Sagrera empasta con soltura y dota a sus figuras de gracia armónica en las actitudes y de un cromatismo sin estridencias que favorecen, envolviéndolos, los efectos lumínicos. Casquete de Prado sobresale en el paisaje. Su inquietud le lleva   a plantearse problemas  con una sola gama  de color, como en los amarillos  de su cuadro Siega, de acertada y original solución.
 
 
ANTONIO OJEDA
 
También en la Sala Berriobeña ha expuesto algunas de sus últimas obras Antonio Ojeda, pintor que puede ser uno de los mejor dotados actualmente para grandes empresas muralistas. Su dibujo es de firme sobriedad y su imaginación le exige zonas más dilatadas que el  cuadro del caballete. Piden sus  lienzos salir de estrecheces, crecer y ensancharse para albergar caballos grandes y ángeles de cuerpo entero. Liberado de líneas superfluas, su dibujo ordena las masas de color en bloques precisos,  sin necesidad de recurrir  a frialdades geométricas. Con el color busca armonías de tonalidades afines. Varios monotipos demuestran igualmente sus  extraordinarias dotes de ilustrador de factura muy moderna.
 
 
FERNANDO SAEZ
 
En la sala  de la Dirección General de Bellas Artes el pintor Fernando  Sáez expuso una extensa serie de sus más recientes cuadros. De este artista conocíamos desde hace tiempo sus dibujos, ampliamente difundidos en publicaciones. Su pintura, en cambio, la hemos visto ahora por primera vez. Ha sido, pues, ésta una exposición que,  por lo  menos para el cronista, guardaba intacto el don de la sorpresa. Realiza Sáez una pintura de aliento trágico, con oscuros tenebristas  profundamente arraigados, pese a su recreación de inquietud actualísima, a esa línea tradicional  española que culmina en Ribera. La misma tregua o coexistencia  que se establece entre las tinieblas y la luz en los maestros tenebristas vuelve a manifestarse en los cuadros de Fernando Sáez. Sólo que en ellos  el expresionismo de las figuraciones, reducidas a síntesis de emoción, recorta más duramente y con mayor tragedia la atmósfera y el  modelado. El interés creciente de esta pintura, a veces sórdida y desesperanzada, radica principalmente en su auténtico emplazamiento en un estrato racional profundo, en su cargamento de tradición vigente  a pesar de hallarse incorporada con plenitud a los conceptos formales del momento.

 

Manuel Sánchez Algora.

Vicente Sánchez Algora.

ESTEBAN ARRIAGA
 
Muchas horas de mar tiene el pintor Esteban Arriaga o, dicho de otra  manera, muchas horas de pintura tiene este joven marino que ha expuesto en la Sala Macarrón. Porque pintura y  mar son sus dos vocaciones inseparables, a juzgar por la temática sostenida de sus lienzos. El mar en su varia  y cambiante circunstancia   se halla aquí pintado con verdadero amor. Tal vez por no incurrir  en impresionismos fugaces, Arriaga nos presenta un mar con excesivas aspiraciones realistas y objetivas, que no pasan, en ocasiones, de convencionales. Los golpes de efecto en torno a las olas  espumeantes  los han dado ya muchos especialistas del género, sobre los que este pintor tiene la ventaja de su auténtica pasión por el mar y su conocimiento de la luminosidad justa de cada lugar y tiempo. Cuando las luces corresponden a latitudes lejanas -como en su cuadro de la costa del Corn Wall-, la diferencia de ambiente coincide también con una mayor originalidad en su captación.
 
 
LOS HERMANOS ALGORA
 
Tienen reputación los hermanos Manuel y Vicente Sánchez Algora de extraordinarios decoradores de porcelana. La Sala Toisón ha acogido una extensa muestra de su difícil arte, que ambos han llegado a dominar hasta el límite  de la más delicada perfección merced a una entrega  apasionada y constante. Sus porcelanas son un   alarde de técnica  cerámica y el color y el dibujo se combinan en ellas para producir efectos de gran modernidad. Más donde descubren posibilidades mayores es en sus esculturas y barros esmaltados, realizados a más alto fuego. La gracia de sus figuras de barro cocido, a las que animan unos toques de esmalte brillante, y la densidad de sus paneles, de amplio dibujo y buenas calidades cerámicas, le abren un prometedor camino para mayores triunfos.
 
 
MARÍA ANTONIA DANS
 
Nada más lejos de las neblinas galaicas que la obra de pletórica  de vida animada de la pintora coruñesa María Antonia Dans. Sus óleos y guaches, expuestos en la sala del  Ateneo, refuerzan, con la alegría de su colorido, una actitud  contraria al tópico gallego de húmeda nostalgia. Si sus temas son en gran parte localistas, no lo es en esencia su pintura, que tiene acento europeo, aunque de paso nos muestre una Galicia más viva de color y sentimiento que la acostumbrada. Compone María Antonia Dans sus mejilloneras, dársenas y muelles, sus pescadores y panaderas, sus muchachas en el balcón y niñas en el jardín, con gratos efectos de acumulación. Y sus figuraciones tienen esa aparente ingenuidad derivada de la inteligencia que en nada se parece a la torpeza más o menos angelada de los artistas ingenuos. El colorido valiente y vario –¡qué chocante y qué alegre en estos momentos de general timidez o renuncia al color¡- dota a sus obras de verdadera frescura.
 
 
ORNELLAS
 
El pintor peruano, largo tiempo residente en España, Fernando d’Ornellas, expuso en Darro una numerosa selección de dibujos y pinturas. En este artista encontramos principalmente  un dibujante de línea acusada que no rehúye durezas esquemáticas, antes al contrario, se apoya en ellas para darnos la expresión descarnada del paisaje. Casas de la ciudad y campos de tierra desnuda son cruzados por líneas con inflexibilidad de espadas. Una retícula de trazo  fino -tan tupida en partes que forma negros manchones rectangulares – se tiende sobre ellos para conseguir las medias tintas de las sombras. La lineal preocupación de Ornellas se mantiene en su pintura con excesivo predominio, evidente, sobre todo, en sus cuadros de tonos fríos, grises y azules. Por eso encontramos más de nuestro  gusto algunos pocos lienzos en los que la entonación es más cálida y  el dibujo queda mejor envuelto en una diluida sensación de atmósfera.

María Antonia Dans.

Fernando d'Ornellas.

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