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Venancio Sánchez Marín (1921-1995) y la crítica de arte.

Crónica de Madrid

Goya. Revista de arte.

Nº 39, noviembre-diciembre de 1960.

 

 

 

Crónica de Madrid por Venancio Sánchez Marín.

EXPOSICIONES DE ESCULTURA
 
Posiblemente, en estos meses iniciales de la temporada artística, las exposiciones que han suscitado mayor interés no hayan sido las de pintura, sino las de escultura. En el transcurso de pocas semanas hemos visto varias de indudable importancia en cuanto se refiere al número y a la categoría de las obras presentadas. Muy distintas entre sí, han constituido cada una de ellas una isla de firme unidad de concepto en el mar revuelto de la escultura actual, donde tantos arrecifes experimentales surgen y desaparecen cada día y donde tantas tormentas teóricas se desatan. La más destacable ha sido la del zamorano Baltasar Lobo. Este gran escultor,  que se marchó a Francia a los veintitantos años de edad, y allí fue bien acogido por Picasso y Henry Laurens, ha vuelto ahora a España con un conjunto antológico de sus obras verdaderamente impresionante. No parece que a Lobo le tiente demasiado la aventura experimental ni se lance a la búsqueda de novedades sorprendentes. Sin embargo, sus obras recogen con plenitud,  como en pocas otras ocasiones hemos visto, el nuevo clima artístico que hoy vivimos. Las más profundas conmociones del arte actual repercuten en sus formas macizas y densas,  de grave peso específico, lanzadas a atrevidas simplificaciones de grandes masas. Son obras carnales, pletóricas de vitalidad, en las que existe un fuerte tirón figurativo que le permite traspasar los límites de las formas humanas, sin perder la humanidad de su origen, el cual se encuentra, según indica Ivon Tainlladier, en el primitivismo ibérico. Las obras de Lobo, expuestas en el Museo de Arte Contemporáneo, son potentes, monumentales, y la calidad carnal, amorosa y redondeada  de sus piedras  parece arrastrada  por la fuerza de un torrente de vida y esperanza.
 
Otra exposición sobresaliente ha sido la del catalán Luis María Saumells en la Sala Neblí. Las figuraciones de Saumells participan de muchos y muy diversos elementos de abstracción, pero permanecen dentro de la zona de concreta identificación humana. La temática de sus esculturas y relieves, fundidos en bronce, abunda en motivos religiosos. Gusta de representar también figuras gemelas de astrónomos, que tienen la barba vuelta al cielo y están llenos de
reminiscencias bíblicas y proféticas. Trasciende de ellas un clima de espiritualidad enhiesta, moderadamente gesticulante, que se patentiza en la elevación de las secas manos, crecidas como huesudas espigas. Son formas cipresinas cuyo volumen se amplía en la base  y se afina y crece en la altura.  En sus relieves  existe una subordinación del volumen al virtuosismo de la línea. El modelado óseo aparece seco y punzante. Una especie de mediterránea claridad conceptual los perfila y define con nitidez. Realizadas estas obras dentro de un evidente  formalismo humano, no precisan abstraer más sus figuraciones. La abstracción en el arte –dice el propio escultor- “no es su mal llamado informalismo, como parece querer mostrar esa tendencia, porque  ignora evidencias infinitamente creadoras  y siempre inagotables. Para mí, la verdadera abstracción es cierto enfoque y cierta medida de lo figurativo”.
 
Carmelo Capello, nacido en Ragusa en 1912, tiene bien definida su personalidad en el arte contemporáneo italiano y es notable su aportación al arte europeo. La exposición de sus obras, en la Sala de Santa Catalina, del Ateneo, le revelan preocupado por conseguir una sugestión de densidad partiendo de lineamientos rítmicos que activan el espacio y que pueden o no  ser definidores del volumen, pero que sustentan las fuerzas coincidentes o evasivas de la masa. Son ritmos-fuerzas, que por otro lado –del lado simbólico o referencial-, se cargan de sensaciones de aguas, velocidad o meteorología. Se ofrecen como estelas metálicas, y muchas de ellas sugieren el primoroso dinamismo de un pendolista. Sus esculturas sacrifican a la captación de lo que es móvil los valores de la  gravedad en reposo para acercarse a las sugestiones escultóricas de un vuelo estratosférico, una tempestad o una descarga eléctrica.
 
Con notable propósito de recuperación  de las formas románicas para una escultura religiosa actual Jaume Clavell ha expuesto en la Sala Darro una treintena de obras esculpidas en piedra o talladas en madera. Jaume Clavell no nos parece un ingenio ni un ingenuista, aunque sus obras aspiren a una manifestación lozana del sentimiento artístico que le lleva a recrear moderadamente el románico. Si nos parece, en cambio,  un escultor sensible y conocedor  que tranquiliza su espíritu –y un poco también el nuestro, demasiado agitado por las teorías escultóricas de los huecos espaciales, los hierros rítmicos y los ovillos de alambre- con la vuelta a una estética tan atrevida como la que más, pero que ya se halla decantada en el tiempo y en la cultura. Las esculturas de Clavell, tan adecuadas a la expresión de una auténtica religiosidad, no deben juzgarse por las novedades que aporten al arte de nuestros días, sino por las sutiles variaciones que sean capaces de introducir en la estilística del arte eterno.

Baltasar Lobo.

Carmelo Capello.

Saumells.

 

JORGE CASTILLO

 

 La exhibición de una colección de dibujos en la Galería San Jorge realizados por el joven pintor Jorge Castillo ha llamado poderosamente la atención hacia la singular personalidad de este artista. Su obra ha sido justamente calificada de extrañísima y rara.  Se halla concebida en un reino alucinante y absurdo de sorprendentes caprichos. Alguien, con poco tino, ha supuesto que esta obra pudiera ser la de  “un bisnieto de Goya”. Jorge Castillo no tiene reminiscencias goyescas, sus dibujos son una inesperada vertiente del surrealismo. Para los que conocíamos obras anteriores suyas –unas esfumantes acuarelas de las que, a su tiempo,  se habló en estas páginas- las grandes condiciones de Jorge Castillo no han sido una   revelación, pero sí han supuesto una sorpresa sus actuales imágenes plásticas. Su garra de dibujante y su invención hallan en estos trabajos, con calidades de grabado al  aguatinta, una adecuación perfecta entre el clima misterioso de sus figuraciones y el procedimiento.

 

 

 DARÍO DE REGOYOS Y ANGLADA CAMARASA

 

Dos exposiciones han agitado el recuerdo de la vida y la obra de dos grandes pintores españoles de imposible paralelismo. Una ha sido celebrada, con relativamente escasos y poco conocidos cuadros, en una nueva galería de ambiente moderno y discreto; la otra ha reunido numerosas obras y ha cubierto todas las salas de una conocida galería de arte. Una ha tenido el aire casi callado del recuerdo íntimo; la otra, el esplendor del gran homenaje. El cronista,  que es un sentimental, considerando las características de ambas exposiciones,  se queda pensativo.

En la nueva Galería de Cisne han tenido el acierto de ofrecer, como exposición inaugural,  una treintena de paisajes de Darío de Regoyos, el impresionista español más sensible a las vibraciones de la luz y a la delicadeza extrema de los colores naturales. En su paleta norteña –Regoyos nació en Asturias- llevó hasta Bélgica el aliento lírico de su tierra y el amor al paisaje, aprendido aquí, en Madrid, bajo el magisterio de Haes. De Bélgica se trajo la inquietud  técnica del puntillismo, nevando de colores puros sus lienzos, cubriéndolos de menudas pinceladas multiplicadas  y divididas, que logran la fusión cromática lejos del cuadro, en el ojo del que lo mira. Sin embargo, para nosotros Regoyos es mucho más que un pintor puntillista –sombra de la fama de Seurat-  y su valor como paisajista supera toda consideración. Es, principalmente, un alma enamorada de la naturaleza, a la que llega sin ninguna grandilocuencia, con impresionante sencillez, pero ya con esa mirada inconformista y deseosa de apoderarse de la intimidad de las tierras y de los pueblos que han dado origen y ha producido el advenimiento de las actuales  interpretaciones del paisaje español –Palencia, Ortega Muñoz, Lozano…-, y más veraces y esenciales que las de los pintores de cualquier época anterior.

En la Sala Toisón ciento diez cuadros de Anglada Camarasa han sido reunidos en homenaje al maestro catalán, fallecido en 1959. Anglada, con Zuloaga y Sorolla, formó, hace cincuenta años, el trío de pintores españoles  más famoso y celebrado de su tiempo. Anglada ocupa en la pintura española el trono suntuoso, fantástico, enguirnaldado y decorativo del “modernismo”. Durante su larga vida –nació en 1873- alcanzó las mayores recompensas y la nombradía universal. Su obra fue la mayor explosión de fuegos artificiales destinada a estallar en las paredes de un museo. Carente de intimidad, su pintura se vuelca a lo externo en floridas apoteosis donde todo lo creado se envuelve en pañolones de Manila y se derrite en luces espectaculares. El interés máximo de estos cuadros que ahora hemos visto, aparte de sus valores pictóricos, es el de su testimonio cabal del gusto de una  época –la belle époque-, inmediata en el tiempo a la nuestra y distante en las inquietudes, que deslumbró y se  consumió con la fugacidad de una bengala.

 

 

Darío de Regoyos.

Anglada Camarasa.

RAFAEL SECO


Este pintor madrileño ha realizado en la Sala Mayer una excelente exposición de paisajes, composiciones, estudios de murales y dibujos. Su arte tiene conexiones directas con los aspectos más nuevos de la pintura social. Sin embargo, la supera en cierto modo por su sólido constructivismo. Rafael Seco es, sobre todo, un dibujante prodigioso y un  muralista al que los cuadros de caballete se le quedan pequeños para sus afanes de expresión amplia y dilatada. La temática de su obra se haya abordada siempre con el más concreto de los propósitos: el de valorar en toda su importancia la presencia humana.  Mientras tanto torpes pintores sociales se están hundiendo en el intento de entristecer el mundo con gesticulaciones desorbitadas, producto de un expresionismo falso o inventado, Rafael Seco demuestra que, en resumidas cuentas, para que en pintura tenga efecto cualquier llamamiento de solidaridad cristiana entre los hombres lo que primero importa es saber pintar bien. Así lo demuestra cumplidamente en sus paisajes de tierras rojas, reciamente ceñidas de lineamientos negros; en los muros blancos de sus motivos urbanos, donde siempre alienta el hombre; en sus impresionantes figuraciones que claman con la fuerza de la verdad y con la callada elocuencia de las grandes manos… Así lo demuestra, en fin, en su peculiar forma de disponer la materia y herirla, de usar el color y de vitalizarlo, de sutilizar su aplicación o de afirmarlo con la densidad de un sedimento.
 
MATHIEU


El pintor francés Mathieu, al que rodea cierto halo extravagante, ha hecho una exposición de sus obras en el Ateneo. La mayoría de éstas, al parecer, fueron pintadas, en un rapto de inspiración fulminante y en un alarde de facultades casi circenses, muy poco tiempo antes de la inauguración, por lo que algunos de los numerosísimos asistentes a ella sufrieron los consiguientes efectos en la pulcritud de sus trajes. El cronista, que no asistió ese día, eliminó, naturalmente, todo riesgo de contacto con una pintura tan fresca. Mathieu, que, en realidad, es un audaz calígrafo relacionado con el maquinismo de Picabia, no ha podido evitar, a pesar del ingenio derrochado en titularlos, que sus cuadros produjeran en el cronista más aburrimiento que perplejidad.
 
CARLOS BOADO


La pintura de Carlos Boado, expuesta en la Sala Toisón, consigue un bello equilibrio de masas y colores que se resuelve en sugestión poética, y que, sin excesiva sumisión formal, persigue síntesis planificadas a la manera de Cézanne. En sus bodegones y paisajes se revela como un pintor preparado para realizar una obra directa, libre de cualquier resonancia. Posee una visión clara de las urbes y los campos gallegos, a los que se acerca, sin concesiones a la interpretación convencional, para obtener de ellos no húmedas nostalgias, sino poesía verdadera y fundamental.
 
BARJOLA


En la Sala de la calle del Prado, del Ateneo, ha expuesto Barjola una serie de óleos que le acreditan como pintor sumamente interesante. Se halla en posesión completa de unos medios expresivos lentamente madurados en el silencio y en  el trabajo. Sus cuadros son producto de la preocupación formal que se traduce en el estudio minucioso de cada plano de color, de cada insinuación de volumen. La materia pastosa de sus obras es grata a la vista y aparece extendida, con generosa amplitud, formando escaques irregulares. En Barjola encontramos la expresión elegante y mesurada de un arte que se mueve en las lindes de la abstracción, conservando todavía las sombras cálidas y concretas de los hombres y las cosas.

 

Mathieu.

Barjola.

 

EL RETRATO ESPAÑOL ACTUAL

 

Un malicioso crítico de arte dio a conocer al cronista, en cierta ocasión, su clasificación personal de los pintores actuales, según sus diversas –y en algunos casos, divertidas- condiciones o peculiaridades  de retratistas. La clasificación, si el cronista no recuerda mal o pone algo de su propia cosecha, era, aproximadamente, la siguiente: Pintores que sería temible que hicieran nuestro propio retrato, como Picasso; pintores que siempre retratan al mismo modelo, como Dalí; pintores que hacen el retrato de todo el mundo, como Vázquez Díaz; pintores que retratan al gran mundo, como Benedito, y, por último, pintores que nos dan toda clase de facilidades para sospechar que son incapaces de hacer un retrato, como Tapies. Algo hiperbólica nos parece la clasificación, pero no deja de tener su trasfondo realista. En torno al retrato artístico actual se han dicho, por ejemplo, que,  desde el advenimiento de la fotografía, el género ha caído en franca decadencia y ha tenido que defenderse adentrándose en los vericuetos de la psicología íntima del retratado, hasta el punto de que hoy cualquier parecido externo con el modelo nos despierta la suspicacia de que el retrato sea malo. Afortunadamente, estas suposiciones maliciosas no siempre tienen fundamento, como ha quedado  probado en la excelente exposición de retratos que nos ha ofrecido el Círculo de Bellas Artes en la Sala Goya y en la Sala Minerva. En estas salas se han exhibido setenta y cuatro obras, entre  óleos, dibujos y gouaches. Las han presidido, en la atención general, dos magníficos dibujos de Picasso: el de Jaqueline –alarde de embrollo y desenvoltura caligráfica- y otro, que es un soberbio estudio de expresión en el que el genial artista emplea un procedimiento dibujístico casi rudimentario. La larga lista de pintores que han aportado sus obras a esta interesante muestra no permite  al cronista dar cuenta acabada de sus valores, y solo puede destacar su convicción de que actualmente la pintura española posee un plantel de retratistas de primer orden. El maestro Vázquez Díaz, cuyas aportaciones a esta  clase de exposiciones son siempre imprescindibles y fundamentales, ha presentado sus últimos retratos de Pío Baroja y Juan Ramón, ambos de fina plasticidad y aguda concepción, y el de su esposa,  resuelto, con amorosa y elegante simplicidad, en tonos suaves. Salvador Dalí   ha estado representado por una obra pequeña, minuciosa y vulgar, que casi ha pasado inadvertida. En cambio, Antonio López García –otra forma de surrealismo de novedad más apasionante por su desconexión con las sugestiones puramente oníricas- en sus tres lienzos se ha mostrado dueño de unos recursos pictóricos admirables, que culminan en el ambiente de fotografía rancia de su pueblerino Matrimonio. Dignamente también destacaban los grises exactos de Pío Baroja, de Eduardo Vicente, y la redondeada opulencia –tan lejana de su actual esbeltez- de Juan Antonio Gaya Nuño, de Francisco Arias. Pero el más impresionante de cuantos retratos han figurado en esta aleccionadora antológica ha sido, sin duda, el de la condesa viuda de Cienfuegos, obra singular en la pintura actual española, de Antonio Quirós. Este retrato, logrado sin la menor concesión y sin sacrificar un ápice del duro y seco estilo del pintor, es un prodigio  de aristocracia y de ironía, de elegante despreocupación y de humanidad. Pocas veces se ha dado una afinidad tan ajustada entre un concepto pictórico y un modelo humano como en esta obra. Entre los gouaches y dibujos hay que resaltar las Cuatro cabezas, de Benjamín Palencia, tan inundadas de sol que producen la misma impresión que un negativo fotográfico. Los dibujos de Javier Clavo y los de Álvaro Delgado nos han parecido fabulosos. Los del primero se recrean, con cierta morbosidad, en desentrañar el secreto psicológico del modelo, y los del segundo, en una forma de evasión lírica, levemente tocada de humor, evidente,  sobre todo, en el retrato efectuado al pintor Martínez  Novillo. Ambos artistas tienen de común el trazo largo y definido que acusa la precisa sensibilidad de la mano. Tan fabuloso como los anteriores, pero muy distinto en ejecución, resultaba el retrato de niña presentado por Rafael Pena. Este dibujo ha sido el que ha llevado más lejos la captación de un sentimiento enternecido hacia la belleza  del modelo.

Picasso.

Alvaro Delgado.

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