Gregorio Vigil-Escalera escribe sobre  la serie ‘Mestizos: de Aponte a Belkis Ayón’ del pintor Felipe Alarcón (III)

El artista se ha preocupado de marcar las superficies en orden a que los espectadores tengan una experiencia simétrica a la que él ha conformado y materializado.

 

Nos dice Richard Wollheim que hay que entender la intención de tal manera que incluya las creencias, los recuerdos y, sobre todo, el enardecimiento y el sentir que tuvo el artista y que le hicieron pintar como lo hizo.

 

Además, si el barroco es una de las formas de la multiplicidad o multiplicación mestiza, esta obra de Felipe se refleja en él como lo contrario de un vacío, como la alegoría de un lleno que en su pensamiento siempre tiene lugar.

 

Por consiguiente, el rostro de cada uno de los protagonistas –muchos de ellos en un primer plano para expresar el engrandecimiento de toda su fuerza espiritual- y la figuración que le rodea y que surge a modo de eje es todo el acontecimiento que configura el campo de visión, y que la imaginación del espectador le confiere como un más allá, al cual, a través de este procedimiento, atribuye (al personaje) un repertorio exterior de actitudes y acciones, y un repertorio interior de percepciones, pensamientos, recuerdos, etc.

 

Con lo que se descubre el que sea a través de estas figuras históricas armonizadas y conciliadas, el hecho de que se produzca una búsqueda de la verdad en la tierra y un hallazgo de la idea de un tiempo por alcanzar.     

 

A finales del siglo XIX las manifestaciones de cuño africano luchan por ser recocidas como expresión también de la identidad cubana, de la “cubanía”, siendo en el arte de la música el ámbito artístico que mayores logros registra.   

 

Y es entonces cuando a lo largo de las primeras décadas del siglo XX empiezan a conocerse, a través de las publicaciones de Fernando Ortiz, los elementos de raíz africana de la cultura nacional –que aparece en la isla alrededor de 1880-, las composiciones musicales –que deben su identidad a la integración de las raíces africanas y españolas-  en que  toman cuerpo  y  la

poesía “negrista” de Tallet, Ballagas y Nicolás Guillén. Pero además de la música, negros y mulatos se concentran en la pintura y el grabado, si bien su práctica es más minoritaria. Ortiz distingue cuatro fases en todo el mestizaje cultural: una fase de hostilidad, otra de transigencia, una tercera de adaptación y una última de reivindicación.

 

Capítulo aparte son los espacios de culto de carácter religioso que forman lo que se ha denominado “la santería”, una fuerte reafirmación de la memoria africana en tierra cubana y un sincretismo de los mitos yorubas y las creencias judeocristianas.

 

El paso del tiempo no impide que la toma de conciencia de su identidad y esa percepción de sí mismos influya en los valores que desde su origen van encarnándose en ella. Su subsistencia física va a depender de ese legado que han rescatado y llevado consigo.

 

El mestizaje no puede existir sin transformaciones. Y sin encontrar su camino entre lo que uno fue y lo que quiere, y lo que se es en la mirada del otro. De esta manera, el mestizaje fue un encuentro que cambió la forma de pensar y actuar de las culturas hasta imperantes. Ya que el hecho de reconocer a toda persona el derecho de hacer coexistir, en el seno de su identidad, varias pertenencias, constituye un desenlace revelador en su búsqueda identitaria.

 

Por consiguiente, el mestizaje depende de un devenir  que implica convergencia y encuentro de identidades y multiplicidad de posibles. El mestizaje es pluralidad, potencialmente una pluralidad de individualidades nacidas de los encuentros sucesivos. Y porque supone una pluralidad y no una limitación, es precisamente debido a que el yo de ahora es el fruto de muchas mezclas y está dispuesto a aceptar muchas más. En consecuencia, el mestizaje no es asimilación ni integración por la absorción de las singularidades, sino aleación y polifonía.

 

En un paso más hacia delante, Édouard Glissant, el poeta, novelista y ensayista francés, instaura el concepto de “criollización” como un mestizaje con un valor añadido e imprevisible, sin límites.  Ya que entiende la identidad como una raíz múltiple que se presenta como un proceso y no una esencia, y que en su imbricación alumbra una realidad novedosa, como es la criolla. . (Imágenes cortesía de Felipe Alarcón)

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