“El ojo ha estado perdido y lo continúa estando. Descubrir que está delante de una oquedad no le sirve para nada: el misterio se modifica, pero permanece, e incluso se intensifica”. (Georges Didi-Huberman)

 

 Para quien ejerce en la pintura nunca hay descanso. Intuyo que así la vive Alejandro Botubol, uno de esos pintores a los que les gusta “hacer” pintura. No es una cuestión menor si atendemos a cómo acude a los géneros clásicos y desarrolla sus composiciones buscando que sea la luz la que marque el tiempo, la que defina el acontecimiento. Sus Tapes son bodegones de cintas -de carrocero, de embalar, americana de colores…-, pero son naturalezas muertas que se ubican en un paisaje de color hecho luz, unas imágenes mentales o construcciones sensibles que son mucho más que fondos, distanciándonos de la apariencia en una persecución muy consciente de la atmósfera deseada -quizás rememorando sus inicios en la pintura au plein air-. El color es así el sonido interior de estas Tapes, la sutil densidad de la memoria del estudio.

 

En anteriores trabajos fueron eclipses y paisajes. Ahora estas cintas son una suerte de imaginería que al artista le conducen al universo de lo barroco. La solución ya se insinuaba en la obra más escondida de su exposición ‘Macropintura’ en Ponce+Robles, aunque ahora el objeto se descontextualiza todavía más gracias a una monumentalización producto de un provocador juego de escalas. Lo curioso es cómo todas estas opciones formales comparten una suerte de gestación en suspensión, algo que podemos encontrar en pintores en apariencia tan distantes como Rembrandt o Zurbarán. Porque de lo que realmente se trata es de aprehender los efectos. Y para eso hace falta lentitud en la contemplación. Pensemos en Cézanne, en Vermeer... O en Tuymans, que definió la pintura como un medio de expresión retardado.

 

Alejandro Botubol confiesa la importancia que en el último año de trabajo ha tenido la experiencia de la luz que entra en el atardecer por la ventana de su estudio. Siempre una luz diferente, que se transforma en paisaje, en pintura. Es ahí donde cobra relevancia su capacidad para temperar el cuadro, como quien afina un piano, cuando el color reverbera y se proyecta tamizando una suerte de misterio, que en muchos casos se convierte en cuadro, o lo condiciona. Se abandona así a un viaje sin moverse del sitio, como aquella reticencia extrema al viaje que hizo grande a Morandi, dejando que la pintura ocurra, que tenga lugar.

Lo real -ya sea un paisaje o un bodegón a base de cintas de embalar- le permite trabajar distintas sedimentaciones, memorias, experiencias, o si se quiere, pasos o procesos que diseñan en el tiempo lo inconcebible de la pintura, el resto de un lado secreto. Algo así como el murmullo de algo que desborda su lugar. Máxime si atendemos a cómo pervierte la escala en una suerte de trampantojo. Alejandro Botubol pinta el pequeño acontecimiento que le acerca al placer del taller, al paisaje de la pintura. Es, en cierto modo, una aprehensión de lo efímero, una suspensión de la realidad, capaz de contener esa conciencia del paso del tiempo. El cuadro se gira así sobre sí mismo y nos obliga a volver a mirar, desconfiados, hasta escrutar la resonancia de sus objetos, como hasta hace poco sucedía con sus paisajes.

 

No es nueva esa idea de pintar la pintura. Pero hacerlo es ahondar en sus eclipses y reincidir en lo ya pintado. Indagar en sus efectos, pero también en sus instrumentos, en la experiencia cotidiana de pintar. Porque la luz siempre ha sido capaz de descubrir los espacios y los objetos, pero también de plegarlos con juegos de claroscuro. En este caso, esta reafirma la presencia del objeto, pero en ese hacerse presente existe una tensión intersticial y la luz se ofrece como material, como pintura. Porque Alejandro Botubol trabaja el margen de la realidad, pervirtiendo el tamaño de lo íntimo, de lo secreto, de lo cotidiano. Todo se configura desde lo emocional, desde lo sensible. Una experiencia latente respecto al mundo que exige que cada espectador proyecte su propia forma. La pintura se destila así como escenario. También como realidad temporal. Se convoca así lo vertiginoso, pero desde lo sereno; la profundidad desde la presencia en primer plano. Es como si el espacio nunca se tornase definitivo. La mirada se desestabiliza y la pintura se reivindica inextinguible, como un activo espacio transitivo.

 

En la pintura de Alejandro Botubol la quietud es la anamnesis de lo clásico, de lo resuelto en perfecto orden, pero la exégesis de su trabajo se desvela en lo contrario, en la emoción que se confronta como condición de lo no resuelto, de ese lugar capaz de vibrar en la mirada. Por eso reivindica el hallazgo serendípico de esos atardeceres en su estudio, cuando el color tiembla y la luz se asoma para retirarse. Pero también los destellos de la pintura barroca, como si quisiese avanzar regresando al mismo tiempo por sus propias huellas, aunque ahora sin salir del estudio. (David Barro)

 

La exposición ‘Tapes’ del artista Alejandro Botubol se inaugura hoy miércoles 16 de enero a las 19:30 horas en el Centro de Arte Alcobendas de Madrid, ámbito de exposición donde permanecerá hasta el día 2 de marzo de 2019. [Texto e imágenes cortesía de Centro de Arte Alcobendas y galería Ponce+Robles]

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