Venancio Sánchez Marín (1921-1995) y la crítica de arte.

Crónica de Madrid

Goya. Revista de arte. Nº 31, julio-agosto de1959.

 

Crónica de Madrid por Venancio Sánchez Marín.

Catalogación de las obras de Solana.

 

Desde que el gran público y los coleccionistas comenzaron a comprar cuadros de Solana y sus obras entraron en la órbita de la alta cotización, el comercio se ha visto envuelto en una ola de imitaciones y pastiches a la que ha habido que poner coto mediante la catalogación seria y solvente de la obra del gran pintor español. La empresa, que desterrará toda la picaresca habida en los últimos tiempos en las adquisiciones de tantos falsos Sola y que ha quedado felizmente terminada, ha permitido la concentración en el Círculo de Bellas Artes de los numerosos cuadros del artista, los cuales han sido exhibidos en una serie de exposiciones que han constituido el acontecimiento artístico más visitado del año. Solana está llegando al pueblo y produciendo impacto en él del mismo modo que han llegado los grandes pintores de otras épocas. Gentes normalmente apartadas de la pintura le reconocen e incluso se reconocen a sí mismas en los rasgos de su españolismo bronco y tremendo. Cuatro han sido las exposiciones que han cubierto las paredes de la Sala grande y la Sala Minerva del Círculo de Bellas Artes de óleos, grabados y dibujos para abarcar toda su obra. Esta ha sido presentada sin orden, en un caos que ha indignado a los puristas y a los estudiosos, pero que ha servido para demostrar su inquebrantable unidad. Solana no se distrajo nunca pensando en las musarañas de los “ismos”. Fue a lo suyo con una entereza en cierto modo brutal. Y lo suyo era expresar una España que podrá no gustarnos, pero que Solana vio tan cierta como la luz que le alumbraba. Junto a bocetos y dibujos preparatorios, se ha asistido al despliegue de todas sus obras maestras, proporcionando una oportunidad que raramente volverá a darse, toda vez que la mayoría están dispersas en colecciones particulares. Los indianos, El entierro de la sardina, La casa del arrabal, El desolladero, Las Américas del Rastro, Los ermitaños, y tantas otras composiciones vigorosas y profundas se han colocado junto a los retratos más cabales y ambientados de toda la pintura contemporánea, y, junto a éstos, otros lienzos como sus bodegones y desnudos donde palpitan las pinceladas del realismo y la eficacia.

 

 

Treinta años después.

 

Una de las más curiosas exposiciones de la temporada ha sido la que, en la Sala San Jorge nos ha permitido ver las obras pintadas por Benjamín Palencia entre los años 1929 a 1933. Hay quien recuerda otra exposición suya celebrada, “en humilde sala de la calle de la Palma”, al terminar nuestra guerra de Liberación, y cuya obra exhibida era esta misma u otra de iguales características. Pero para muchos, incluso para el cronista, a quien por aquel entonces no le ocupaba ni le preocupaba el arte, estas pinturas no sólo han sido una novedad, sino una sorpresa. Nos han ofrecido un Palencia traspasado de influencias, de búsquedas desazonadas, más ya con un lenguaje plástico que lleva implícito el germen de toda su pintura actual. Lo que ahora es el él maestría, originalidad valiente, nervio sincero y despreocupado de todo lo que no sea ceñirse al expresionismo cromático de los seres vivos, las cosas y los paisajes, es en estos cuadros pintados hace treinta años sólo un lejano y ferviente deseo. A los que crean que el hallazgo artístico es algo encontradizo e inencontrable nada podrá desengañarlos mejor que esta exposición. En algunos de los lienzos entre formas óseas, Palencia se busca a través de Picasso, y en otros, entre líneas de estrella e ingenuísmos, se busca a través de Miró. Lo admirable es que se sepa ir encontrando entre el cúmulo de sugestiones subrealistas, relieves rayados y arenas adheridas y coloreadas dispuestas –nada hay nuevo bajo el sol- de manera parecida a la de muchos abstractos actuales. Lo verdaderamente admirable, en fin, es que entre tanta dispersión exista algo coherente y personal que se va perfilando, definiendo y que, de improviso, salta a la vista en unas perdices unas tierras o unos trigos amarillos: la creación original y el estilo diferenciado del gran pintor de nuestros días.

 

 

Grabadores españoles contemporáneos.

 

Como pronta réplica a la interesante exposición de grabadores lusitanos que los artistas de “Gravura” realizaron en la Sala Abril, y de la que en su momento dimos cuenta a nuestros lectores, los grabadores españoles han comparecido en el mismo lugar, dando espléndida fe de vida artística. En España el grabado tiene tradición y solera, pero últimamente parecía existir cierto desvío por parte de los artistas hacia el bello arte de la incisión y el claroscuro. Tal vez tropezaran con impedimentos técnicos –carestía de materiales y dificultades de acceso a los escasos tórculos de estampación-, o tal vez el grabado español, especialmente el aguafuerte, se considerara agotado por la genialidad de Goya, a la que únicamente –y desde la natural distancia- han podido oponerse, en nuestra época, la fuerte personalidad de Solana y la sensibilidad también recia de Ricardo Baroja. Pero las más recientes tendencias artísticas han abierto un nuevo campo al grabado. Y pintores y dibujantes vuelven a sentirse atraídos por él y a descubrirle apasionantes posibilidades expresivas, consonancia con las inquietudes contemporáneas. Por eso son los artistas jóvenes, como Palacios Tardez, Guijarro, Zarco y Alcorlo, acompañados de algunos veteranos como Francisco Mateos y el dibujante Lorenzo Goñi, los que parecen sentir actualmente mayor entusiasmo por los buriles, los tórculos y las tintas litográficas. Junto a los mencionados, han comparecido también Carmen Arocena, Emilio Laguna, Lapayese, Ortiz Alonso, Pérez Vicente, Poza y Valdivieso. Tres buenas litografías de Carlos Pascual de Lara, el pintor muerto en plena juventud y a un paso de cuajar una obra importante, y los grabados de los griegos Dimitri Papagueorguiu y Dimitri Perdikidis, a los que su prolongada residencia en España les vincula estrechamente coin el arte español, completan el catálogo de la exposición. El conjunto de obras expuestas, realizadas en diferentes técnicas –aguafuerte, litografía, punta seca y linóleo- ha sido superior en ambición artística y dominio de la composición artística a la de los grabadores portugueses, de tan grato recuerdo, e inferior a ella en imaginación e inquieta diversidad. En esta muestra de la revitalizada situación del grabado español contemporáneo, Ortiz Alonso se apunta la gracia más ingenua; Lapayese, la mayor proximidad a la abstracción, Carmen Arozcena, el expresionismo más inquietante; Valdivieso, el mayor contenido dramático; Palacios Tardez, la más urgente preocupación social; Zarco y Alcorlo, la más destacada habilidad compositiva –con mayor reciedumbre en el primero y más delicadeza poética en el segundo-; Mateos, el dominio técnico más profundo; Goñi, que graba con la misma malicia que dibuja, el propósito más difícil y más cercano al grabado tradicional; Perdikidis la mayor sugestión de misterio, y Dimitri Papagueorguiu, con el aguafuerte de una niña dormida y dos excelentes litografías, la gracia expresiva y la originalidad más notables. 

José G. Solana.

Benjamín Palencia.

Grabados japoneses.

 

Ya que de grabado venimos hablando es preciso traer a estas columna la reseña de una exposición excepcional, presentada en el Club Urbis, y en la que se ha ofrecido la muestra numerosa y escogida de aquellos grabadores “que representan el arte contemporáneo japonés, tanto desde el punto de vista técnico como del de su tendencia dentro del arte”, según palabras del Conservador del Museo de Arte Moderno de Kamakura. El centenar largo de grabados japoneses expuestos denotan unos procedimientos técnicos de exquisita belleza y una adecuación perfecta a las tendencias universales del arte actual. El orientalismo de estos grabados magistrales ya no opone ninguna distancia a la comprensión occidental. El Este y el Oeste se encuentran aquí, en el reino universal de un arte que no necesita traducción. Si un día no muy lejano la pintura “Ukiyoe” o pintura del género japonesa ejerció su influjo sobre el impresionismo europeo, estos grabados, en contrapartida, denotan la influencia de los modernos “ismos” occidentales. Pero ha sido una asimilación perfecta y llena de espontaneidad que no ha puesto en peligro ninguna de sus esencias tradicionales. Así en ellos se respira la tradición milenaria con la misma naturalidad que un perfume delicado. La mayoría de estos grabados, estampados sobre papel sedoso y nada terso, son deliciosos y los procedimientos más diversos están conseguidos con sabia precisión. Los artistas Ch. Hamada y Shigesu Izumi son los más próximos al subrealismo. Hide Kawanishi y Shiko Munakata los que introducen en sus obras elementos orientales con cierto sentido convencional, pero Munakata lo realiza con gran modernidad y Kawanishi con aciertos tan plenos como su Bazar, alegre revoltijo de bicicletas, paraguas, muñecas y muebles. La abstracción está representada, entre otros, por las xilografías de Masatsugu Yosida –todas con el título de Silencio, y en grises, blancos y negros- y las de Gen Yamaguchi, delicadísimas, con calidades de madera veteada y troncos de árboles cercenados. El grabado a todo color lo practican la mayoría, distinguiéndose, por su pujanza, las litografías de Masanari Murai, que son golpes de colores puros, en contraste con la tinta negra, y las obras de Yoshitoshi Mori, por la bella entonación conseguida con oros, blancos y azules. Los restantes artistas, hasta los diecinueve que integran la selección, participan igualmente en el éxito con sus impecables y sugestivas obras. Es de desear que los grabadores españoles, que, como intercambio de ésta, realizarán próximamente una exposición en el Museo de Arte Moderno de Kamakura, obtengan un triunfo semejante.

 

 

De Goya a Picasso.

 

La recién inaugurada Sala Mayer, llamada así en homenaje al gran historiador del arte español, ha tenido el acierto de abrir sus puertas con una exposición antológica que comprende doscientos años de pintura española. Aquí están, en impresionante desfile, los maestros de los últimos dos siglos. Todos aquellos que antes o después han ido ocupando el lugar de honor que por derecho propio les corresponde. Sobre ellos han ido cayendo los suficientes estudios críticos, el peso definitivo de la bibliografía y las cifras de las cotizaciones y ya su gloria ni se discute ni se duda. De Goya a Picasso han pasado muchas cosas en pintura y en torno a la pintura. Ha habido un movimiento constante que se percibe a través de este medio centenar de cuadros como un ancha insatisfacción. El arte sólo se detuvo para otros pintores, precisamente para los que aquí no están. Para éstos que muchas veces avanzaron a tientas, y otras muchas como iluminados y en posesión de una verdad que únicamente ellos conocían, el arte no podía inmovilizarse. No los detuvo ni la incomprensión ni las cerriles oposiciones. Y el resultado de sus avances, de sus insatisfacciones, búsquedas y hallazgos es que ahora puede ponerse de un lado de esta exposición antológica el nombre de Goya y del otro el de Picasso sin que nadie se escandalice ni se lleve las manos a la cabeza. Más eficaz que cualquier comentario es la publicación de los nombres de los pintores sujetos a esta rigurosa y acertada selección. Presididos por el fenomenal retrato de la célebre Tirana, de Goya –una versión distinta a la de la Real Academia de Bellas Artes, pero de valores plásticos no inferiores, hay cuadros de Esteve, Tejeo, Alenza, Lucas, Alsina, Rosales, Fortuny, Riancho, Domingo Marqués, Berruete, Pinazo, Regoyos, Gimeno, Sorolla, Iturrino, Zuloaga, Echevarría, Nonell, Mir, Sunyer, Blanchard, Picasso, Vázquez Díaz, Solana, Miró y Dalí. Nos quejamos, no sin amarga razón, de que algunos de estos pintores no hayan tenido la proyección universal que merecen y se hallen sus nombres oscurecidos en las historias del arte europeo, sobre todo en las escritas y editadas fuera de nuestra nación. Este trato injusto, al que nosotros hemos contribuido en parte, “descubriéndoles” demasiado tarde, como en los casos de Beruete, Regoyos, Gimeno o Nonell, puede ser debido también –aparte del silencio que en el mundo se ha hecho en torno al arte español- a dos circunstancias inevitables contra las que la lucha es muy difícil: una la genialidad pasmosa y apasionante de Goya, que ha concentrado la atención sobre él, por encima de todos los pintores españoles que le sucedieron, como un foco deslumbrante; otra, la fama universal, dilatada, de los impresionistas franceses, cuyos hábiles voceros no han sabido o no han querido pronunciar los nombres españoles.

Yozo Hamaguchi.

Jorge Castillo.

 

El bodegón y las nuevas experiencias.

 

“El bodegón –la “naturaleza muerta”, para aludir a su terminología menos castiza- ha tenido siempre valores muy peculiares a lo largo de toda la historia del arte. Porque, aparte de su condición de obra de arte, recabó siempre para sí una cierta contextura experimental.”

 

“Así hasta nuestro siglo. En él, el bodegón acentuó su carácter analítico hasta el punto de que hoy se puede asegurar que ha sido el camino de experimentación en el que se han jugado los más importantes problemas que hicieron de los movimientos contemporáneos una verdadera revolución.” Con estas frases, entresacadas de la presentación realizada por José María Moreno Galván, se ha abierto en la Sala Darro una exposición de bodegones de artistas actuales españoles. Pocas veces se han dado en exposiciones de este tipo un conjunto tan selecto, armónico y revelador del buen momento de nuestra pintura como en esta ocasión. Al mérito de las obras se ha unido el de la cuidadosa selección, a la que no es ajena la agudeza crítica de Moreno Galván. Entre los límites de un figurativismo de concepto moderno y de las vecindades de la abstracción, muchos de nuestros mejores pintores actuales resuelven en estos lienzos la ardua problemática de ajustar a un concepto tan clásico como es el bodegón las experiencias y las exigencias del arte de nuestros días. De su satisfactorio resultado dan buena prueba las obras de los veintisiete artistas que han participado en esta lección de excelente pintura, entre los que hay maestros prestigiosos y jóvenes pintores llenos de las mayores posibilidades. De señalar los signos unitarios de esta valiosa experiencia destacaríamos la sobriedad matizada del color y la simplificación de las figuraciones como carácterísticas persistentes.

 

 

Acuarelas de Jorge Castillo.

 

El joven acuarelista Jorge Castillo ha venido a dar a la acuarela un valor fresco y fluido en su última y precisa luminosidad. El juanramoniano ”no le toque más, que así es la rosa” lo están clamando plásticamente estos testimonios, del más fino cromatismo, que Jorge Castillo ha exhibido en la Sala Altamira. La gravidez llega a ser en sus acuarelas un matiz, no un peso, y el volumen una extensión insinuada. ¿Cómo apurando tanto un procedimiento ya de por sí fluido, permite, no obstante, dejar precisos y evidentes en ellas volumen y gravidez? El arte de Jorge Castillo sale airoso del peligro esfumante por un raro prodigio de sensibilidad. Sus obras, que recogen motivos paisajísticos de España, Italia, Francia, Suiza y Argentina, no impulsan a la pintura hacia nuevas zonas expresivas, pero apuran las síntesis, las transparencias y la levedad espontánea de las pinceladas con sorprendente novedad.

 

 

Fernández del Amo.

 

Los abstractos de “El Paso”.

 

Con motivo de la presentación del número que la revista dirigida por Camilo José Cela, “Papeles de Son Armadans”, dedica al grupo de artistas “El Paso”, éstos han expuesto sus obras en la Sala Biosca. La exhibición ha sido una de las experiencias de mayor interés realizadas en Madrid por artistas no figurativos. Sus obras preocupan y convencen. Y están resueltas con personalidad y talento, dos condiciones que, unidas, han sido en todos los tiempos y en todos los estilos la clave del mérito sobresaliente. Canogar empasta grandes lienzos con una materia que se separa o se integra en un momento creacional, formando arrugas blancas sobre el haz negra de un astro en hervidero de siglos. Chirino enlaza sus hierros como sierpes aplastadas, contrarresta sus ímpetus, los lanza y los contiene, los mantiene en un equilibrio de fuerzas que se crean o se aniquilan unas a otras. Feito usa una materia mineralizada, moderadamente rugosa, persiguiendo la armonía de os efectos en sus cuadros blancos o negros. Su pequeño cuadro blanco tiene unos blancos impares cuya belleza se acentúa por la rotura redonda de un sol negro. Las arpilleras de Millares turban e ánimo con la impresión más fuerte de la tragedia. Son, sin duda, una de las demostraciones más logradas de la capacidad de expresión del arte abstracto. Sus desgarrones ensangrentados, sus extraños vendajes escayolados y recosidos restañan las heridas de una humanidad profundamente dolorosa. Las alambreras de Rivera inquietan, desasosiegan, hacen que nos perdamos, entre transparencias siguiendo la irregular tela tejida por una araña onírica. Saura es el equilibrio, que está a punto de romperse, de grandes masas negras sostenidas apenas por el apoyo de los grises. Es la evasión y el trazo rápido y deliberadamente inconsciente. Viola, el último de los siete artistas de “El Paso”, es la expansión, la entraña que arde en llamas blancas o amarillas. Es la explosión del corazón del cuadro.

 

 

Los Premios de la Crítica.

 

Aunque al cronista, por convicción, si no por naturaleza, le gusta más destacar virtudes que señalar defectos, encuentra en los galardones denominados Premio de la Crítica de Madrid un grave inconveniente: hay demasiados. Si no se aclaran las particularidades de cada uno de ellos, las personas que no están en el secreto puede sentir su ánimo lleno de confusión, no sabiendo bien a qué premiado quedarse. Esta temporada hemos tenido tres Premios de la Crítica: el del Ateneo, limitado a los expositores de esa sala; el de la Galería Mayer, para la mejor exposición del año, y el del Círculo de Bellas Artes, convocado con idéntico fin. Este último fue aplazado, pero queda su amenaza pendiente. Uno no ve claro cómo los críticos de arte madrileños podrían premiar la mejor exposición dela año en dos lugares distintos sin incurrir en la natural repetición. Si uno fuera más ingenuo o más atrevido se sentiría tentado a aprovechar la ocasión para aconsejar a los críticos madrileños que no se prodigaran tan generosamente y que rodearan a este Premio, que puede y debe ser uno de los más importantes y codiciados de España, de la singularidad que merece.

 

El Premio de la Crítica del Ateneo fue adjudicado al escultor Venancio Blanco, de cuya exposición se habló ya en estas páginas. El cronista se alegra del resultad, pues admira sinceramente a este joven escultor y, además, le encuentra el mérito infrecuente de ser tocayo suyo.

 

El Premio de la Crítica de Madrid, de la Galería Mayer, cuya denominación completa y justa es: “Premio Anual de la Crítica a las Artes Plásticas, Medalla de Oro Eugenio D’Ors”, ha sido fundado por don Federico Serrano Oriol, y en su primera edición se ha otorgado al arquitecto José Luis Fernández del Amo, por la obra realizada en la creación del pueblo de Vegaviana (Cáceres), cuyas reproducciones fotográficas fueron expuestas en la Sala de Santa Catalina, del Ateneo. En el acta del Jurado consta que “se tuvieron en cuenta para la concesión de este Premio los valores arquitectónicos eminentes, estéticos y humanísticos de la citada obra. También se consideró que dicha obra cumplía de manera admirable uno de los postulados fundamentales del arte actual, a saber: el de la integración de las distintas artes plásticas coordinadas a un solo fin superior. Se consideró asimismo la finalidad social, bellamente cumplida sin perjuicio de los valores estéticos que acompañan a la misma, así como la incorporación de la obra arquitectónica de las distintas bellas artes, dando a conocer nuevos valores. También fue decisivo, por otra parte, el deseo de ampliar los horizontes de la crítica de arte, tradicionalmente orientados en un sentido más restringido.”

 

Independientemente de  lo que ya consta en el acta del Jurado, la creación arquitectónica de Fernández del Amo tiene condiciones estéticas de sencillez y armonía difícilmente superables. La repetición seriada de las viviendas constituye un acertado juego de volúmenes, de vacíos y masas, que dotan de grata modernidad a una arquitectura con gracia rural e inteligente adecuación al paisaje.

 

 

Rafael Canogar.

arte contemporáneo

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