Venancio Sánchez Marín (1921-1995) y la crítica de arte.

Crónica de Madrid

 

Goya. Revista de Arte. Nº 27, noviembre-diciembre de 1958.

 

Crónica de Madrid por Venancio Sánchez Marín.

 

 

     La escuela de Madrid

 

Cerca de una veintena de lienzos, de otros tantos pintores, considerados dentro de la llamada Escuela de Madrid, han sido reunidos en la Sala Minerva, formando un interesante conjunto que mostraba, una vez más, aunque con desigual fortuna, los ya conocidos valores individuales de los artistas invitados, al propio tiempo que venía a demostrar la levedad –casi la inconsistencia- de su nexo escolástico. ¿Qué une especialmente a estos pintores, a parte de la circunstancia de laborar en Madrid en los días actuales? Algo hay, no obstante, común a casi todos ellos, si bien se nos figura que no es característica exclusiva de esta Escuela, sino que también se manifiesta en otros muchos artistas españoles y en muchísimos más de fuera de España. Se trata de un aliento entristecido, opaco, grisáceo, que empaña la mayoría de las pinturas y mina el alma de los cuadros como un gusano melancólico. Se trata, en fin, de algo que puede ser una generalizada actitud vital, con su inevitable reflejo en el arte, pero que nos resistimos a considerar circunscrita a la espiritualidad luminosa de Madrid.

 

Exposiciones como ésta tienen siempre un marcado interés de contrasta y comparación, y harían bien los pintores en concurrir a ellas con lienzos mejor seleccionados, Algunos así lo entienden, pero otros, quizá por despreocupación, ofrecen obras muy por debajo de sus buenas posibilidades, perjudicándose a sí mismos y dañando, de rechazo, al conjunto.

 

Figuró en la exposición, con el número uno del catálogo, una composición de Francisco Arias, resuelta con pasta ágil y clara, siguiéndola un estimable retrato femenino, de Pedro Bueno, en el que se aliaban gratamente la delicadeza y la prestancia. José Caballero presentó un cuadro, entonado en azules, de su última tendencia, y Alvaro Delgado el retrato de un muchacho músico, de acertado dibujo e intensa expresividad. Explandiú expuso un paisaje urbano –un palacete, como los del barrio de Salamanca- finamente ambientado, y García Abuja, en su pequeño cuadro de pequeñas figuras humanas, también concedía primordial importancia al ambiente. García Ochoa llevó un buen paisaje, destacando su cromatismo, tan personal, aunque quizá ya excesivamente repetido; Juan Guillermo, unas eras que robustecían su densidad pictórica en la total ausencia de luces; Guijarro, un cuadro turbador de niñas o mujeres, con algo de muñecas orientales en las actitudes, y Macarrón, una graciosa niña disfrazada, pintada con soltura intrascendente. Juan Antonio Morales presentó un recio paisaje, y Pedro Mozos un lienzo de obscuros campesinos, que evidencia sus extraordinarias condiciones de pintor. El tema del puerto y las barcas fue el tratado por Martínez Novillo, que continua pintando con esa técnica suya, poco atrayente, de brillos aceitosos. Picó expuso un bello bodegón alargado, en grises y blancos; Redondela, un paisaje que adolecía de excesiva acumulación de dificultades en la entonación de los sienas; Romero Escasi, un bodegón de peces en cajas geométricas, muy acertado de línea y color. Martín Sáez, una confusa figura humana y, por último, Serny, el retrato de una niña, palpitante de suave vida. A pesar de estar incluidos en el catálogo, no expusieron sus obras –o, al menos, no las vimos- Ni Menchu Gal ni Benjamín Palencia. En cambio, fuera de catálogo, se situó en la escalera de bajada a la sala el extraordinario y conocido retrato que de los hermanos Solana pintó Vázquez Díaz.

     Jardines de Sorolla

 

Con una continuidad y empuje dignos de felicitación, ha iniciado la sala grande del Círculo de Bellas Artes .la Sala Goya, como ha sido bellamente denominada- sus turnos de exposiciones de la temporada. Ha comenzado exhibiendo cuarenta y seis óleos, casi todos con temática de jardines, del gran impresionista español Joaquín Sorolla. La obra ingente del maestro levantino merece una situación de privilegio en la pintura española y merece, sobre todo, ser aireada, sacada a la luz, colocada delante de las generaciones de pintores actuales, sobrecargados de preocupaciones. Es bueno que la obra de un pintor que tanto y tan libremente gozó del aire y el sol se descuelgue de los museos e infunda su aliento fresco y vital a las salas de exposiciones, que, -curiosa paradoja-, al exhibir obras de artistas vivos, tantas veces se nos antojan muertas de aburrimiento. A pesar de los tremendos avatares de la pintura moderna, Sorolla continúa dando su lección nueva, no sólo de excepcional pintor, sino de espíritu libre y espontáneo que persigue las bellezas del color y la luz con el corazón desbordado y la cabeza tranquila.  Sus jardines son un prodigio de espontaneidad y un alarde casi desesperante de facultades pictóricas. Los jardines del Alcázar de Sevilla, los de la Alhambra y el Generalife, los de la Granja y los de la casa Sorolla, los manzanos de Asturias, los naranjos de Alzira, las adelfas, fuentes y cipreses fueron trasladados al lienzo por el gran maestro impresionista con un mínimo de esfuerzo y una sencillez técnica que asombra por su escasa materia. Ante estos jardines tan serenos, tan claros y verdaderos, todos los jardines del modernismo –incluso los de Anglada, incluso los de Rusiñol- no es raro que acaben pareciéndonos artificiosos y heridos de falsos sentimentalismos.

Manfredo Borsi: Mujeres en el mercado.

     Manfredo Borsi

 

También en la Sala Goya el pintor y ceramista florentino Manfredo Borsi ha presentado una importante colección de sus obras cerámicas más recientes, así como algunos dibujos de línea ágil y elegante levedad. Borsi es un prestigioso artista italiano que desde hace años reside en la Costa Azul francesa, en Saint Paul de Vence, cerca de Vallauris, donde Picasso, gran amigo de Borsi, también se entrega a las creaciones cerámicas. Esta exposición ha sido todo un despliegue de técnica cerámica y una manifestación indiscutible de buen gusto artístico. Borsi es el caso patente del pintor tentado, poseído por los duendes misteriosos del fuego, que crean gamas insospechadas de colores y calidades de variedad y delicadeza inverosímiles. Seguramente por eso, porque Borsi es pintor, no ha ido a la cerámica pura, -aquella que encuentra su expresión en la forma de lasa piezas y en el prodigio de la fusión de los óxidos metálicos, excluyendo cualquier otro elemento decorativo-, sino que ha buscado yconseguido poner al servicio de su personal concepto pictórico, como el más valioso auxiliar, la rara alquimia del ceramista. Sus obras cerámicas son verdaderos cuadros, incluso por la forma rectangular y el tamaño, en los que el dibujo y el color tienen vigencia propia, sugestión suficiente para destacar su mérito con independencia del maravilloso procedimiento técnico de que se sirven. Cabezas idealizadas, estilizadas figuras que a veces se curvan, se alargan y adelgazan desmesuradamente, son dibujadas por líneas obscuras y simples, sobre las cuales los esmaltes coloreados y semibrillantes de las altas temperaturas deslizan el juego fantástico de sus transparencias u opacidades. Hay una suntuosidad de buen tono en todas las placas cerámicas de Borsi y hay en ellas valores artísticos de primera magnitud, , aunque, tal vez por imperativo del procedimiento, se nos revelen siempre menos profundos que hábiles y elegantes. 

     Gerardo Rueda

 

Apenas iniciada la temporada, la sala del Ateneo-lugar donde puede sentirse mejor que en ningún otro la pulsación inquieta y juvenil de la pintura de vanguardia española- ha roto lanzas por el arte abstracto con la celebración de dos exposiciones seguidas, ambas de destacada calidad. La primera de ellas ha sido la del madrileño Gerardo Rueda, nacido en 1926, y pintor que ya ha realizado exposiciones individuales en Madrid, París y Barcelona. Entendemos que la pintura abstracta, en general, se produce en dos sentidos de amplitud prácticamente ilimitada, pero, en cierto modo, divergentes. Uno busca la expresión de lo hasta ahora inefable pictóricamente; otro hace abstracción de las cosas concretas. La pintura de Gerardo Rueda nos parece producida en este segundo sentido. Nos sugiera construcciones y paisajes concretos. Y en la medida que la sugestión es más fuerte, sin salirse del campo de lo abstracto, puede considerarse la obra más lograda. Conseguir esta poderosa sugestión con los  

Gerardo Rueda: Pintura.

elementos pictóricos de Gerardo Rueda es algo extremadamente meritorio y difícil. Construcciones, muros, paisajes abiertos varían de proyección en esta pintura, pero siempre dentro de un clima unitario. El colorido, en perfecto equilibrio tiende a la alegría serena de las entonaciones vivas y frescas, en las que de vez en cuando claman los rojos. La materia se halla distribuida con gran sabiduría técnica en espatulazos amplios y planos, cuyos bordes dibujan un hábil cuarteado. En todos los cuadros se manifiesta el más completo dominio de los medios expresivos de que el artista quiere valerse. Pero todo esto quedaría en mero virtuosismo técnico o, a lo más, en aventura intelectual si el arte de Gerardo Rueda no se salvara gracias a un perceptible efluvio de claridad poética y saludable espiritualidad.

César Manrique: Pintura.

     César Manrique

 

La otra exposición abstracta celebrada en el Ateneo y mencionada anteriormente ha sido la de César Manrique. Nació este pintor en Arrecife de Lanzarote. Y este dato biográfico tiene suma importancia para la justa interpretación de su pintura. Como Rueda y más aún, Manrique es un artista abstracto colmado de sugestiones concretas. En sus cuadros se encuentra mineralizada toda la naturaleza volcánica del islote donde nació y vivó, sus colores quemados de austera sequedad y sus resquebrajaduras como venas abiertas en las rocas. Los sienas calientes, los blancos de cal sedienta,  el gris de la lava fría son conjugados con una ordenación estética de plasticidad asombrosa y recorridos por una cuadrícula irregular que interrumpe su curso y lo reanuda como hecha con guadianas de arenas oxidadas. No sabemos hasta qué punto se debe considerar abstracta esta pintura mineral, ni queremos pensarlo. Nos basta con sentir gravitar sobre el ánimo su verdad concreta y la fabulosa sugestión de su presencia. Por otra parte, los efectos plásticos de gran belleza conseguidos por Manrique acreditan su profundo conocimiento profesional y su gran sabiduría del oficio. Hay en sus cuadros un maduro estudio de calidades y una depuración cromática que

demuestran a qué austeras e implacables exigencias se ha sometido antes de ofrecernos esta excelente colección de lienzos.

     Trinidad Fernández

 

En la Sala del Ateneo ha expuesto la pintora asturiana Trinidad Fernández una interesante colección de sus lienzos más nuevos, en los que manifiesta la firmeza de su avance hacia la definición total de un estilo cuyo mayor encanto estriba en la simplificación y en la sencillez. El arte de Trinidad Fernández tiene el singular atractivo de lo que a la vez es inteligente y primario, y se halla contenido dentro de los límites precisos de una humanización –no desprovista de delicados atisbos femeninos- de matizada sobriedad. Pintura que bordea la ternura, salvándose, no obstante de incurrir en fáciles “ternurismos” en la temática y el colorido de los cuadros. La pasta se halla extendida con hábil simpleza, casi siempre en zonas paralelas de un cromatismo escasamente luminoso, pero del que emana una claridad suave y sin estridencias. Sus paisajes de Castilla y Asturias se abren en franjas sucesivas y lejanas, con predominio de verdes invernales de asordada vibración, y árboles y caseríos se reducen a un simple esquema que encuentra en la menuda multiplicidad su mejor formulación expresiva. En los motivos urbanos, la humanidad de 

Trinidad Fernández: Paisaje.

 las figuras, generalmente pequeñas y esquemáticas presta cálido interés de vida y movimiento a las composiciones. En sus obras, Trinidad Fernández manifiéstala agudeza de su sensibilidad, que huye de todo alarde cromático, la mesura reflexiva y sencilla de su concepto pictórico y las excelencias de sus posibilidades artísticas.

Manuel Mingorance: Casas de Atrani.

     Manuel Mingorance

 

El pasado año obtuvo el pintor malagueño Manuel Mingorance una beca “Conde de Cartagena”, concedida por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que le ha facilitado la permanencia en Italia durante diez meses Fruto ubérrimo de este viaje han sido los cuarenta cuadros expuestos en la Sala Goya durante la segunda quincena de noviembre. Pertenece Mingorance al grupo de jóvenes pintores figurativos españoles sobre el que, en repetidas ocasiones, hemos llamado la atención por considerarlo el núcleo más esperanzador de la pintura española actual. Los pintores de este grupo, como Mingorance, han rescatado los mejores valores de la composición, que habían quedado a extinguir por obra y desgracia de muchos artistas cultivadores exclusivos del paisaje, el bodegón y el retrato puros. En lo que pudiéramos denominar el ala idealista del grupo –el cual, ciertamente, ofrece otros aspectos de más bronco y recio naturalismo- se halla, situado en lugar puntero, Manuel Mingorance. Tienen las composiciones de este pintor un trasfondo poético de admirable dulzura, de bondad sin contaminaciones, que se condensa en los ojos de las figuras. Ojos de mirada redonda y soñadora, gravemente asombrados y cándidamente humanos, ojos de un Goya menor sin malicia ni tremendismos geniales.

 

Los lienzos expuestos por Mingorance constituyen un bello documental de motivos, figuras y paisajes italianos. Casas del Trastevere y cacharreras romanas, canales y rincones de Venecia, lavanderas de Mantua, puentes de Palermo y mujeres de Siracusa han sido captados con fidelidad subjetiva –la única de que es capaz el artista auténtico-. Pero ha sorteado mejor que otros el peligro italianizante, en el que han caído casi todos los pintores que 

últimamente han viajado por Italia, y que consiste, a nuestro modo de ver, en una concepción un tanto escenográfica de fondos y arquitecturas. Es posible que Mingorance haya sido menos tentado por este peligros atractivo porque él guarda lo mejor de su arte para el ritmo ordenado y el suave idealismo de sus figuras y composiciones.

     F. Hernández

 

Además de un pintor que ha elegido el camino grande y difícil de la pintura de mayor trascendencia, el joven malagueño F. Hernández, que ha expuesto treinta y una de sus recientes obras en Alfil es un dibujante de originalidad y facultades poco comunes. Si se exceptúan algunos de sus dibujos, probablemente los primeros de la colección expuesta, en los que existen ciertas influencias de Dalí el resto nos sitúa ante extrañas evocaciones de tallas podridas y como semidesintegradas en una dimensión imprecisa, donde fuera posible la existencia de misteriosos ratones o polillas musicales. No obstante el atractivo singular de sus dibujos, apuran pronto el efecto sorprendente, por lo que el mayor interés que encontramos en la personalidad artística de F. Hernández se centra en su obra de pintor. F. Hernández se ha enfrentado principalmente en sus óleos con las dificultades del gran arte religioso. Y lo ha hecho con ambiciosa sinceridad y patético sentimiento, que le lleva, en cuanto a la forma se refiere, a las proximidades del expresionismo alemán. Sus Cristos tienen los miembros resecos de sufrimiento y muerte, y compone las santas figuras, a pesar de su moderna distribución de términos independientes y recortados, con piadoso equilibrio de paso procesional.

F. Hernández: Cristo y ángeles.

Ramón de Vargas: Descendimiento.

     Montero de Pedro

 

Este joven artista ha expuesto en Alfil una colección de guaches de grato y alegre colorido. La exposición pudiera ser una más entre las innumerables que celebran los jóvenes artistas que se dedican a una pintura graciosa y sin excesivas complicaciones. Como agradables elementos decorativos, los cuadros de estos artistas tienen su razón de ser, pero esa razón nunca nos ha interesado demasiado. Si traemos aquí la referencia de la exposición de Montero de Pedro es por otra clase de razones. Es porque hemos creído advertir en él unas posibilidades dignas de mayores empeños. Montero de Pedro pinta bajo la influencia unas veces de Matisse, otras de Dufy y otras de artistas de mucho más largo historial. Nada de esto nos interesaría tampoco si no fuera porque posee una cualidad verdaderamente rara en la pintura actual: la de la alegría auténtica en el color y la pincelada. Si Montero de Pedro consiguiera trasladar al óleo, con mayor empeño y dimensiones, y sobre todo con una personalidad más claramente definida, esta alegría vital, su obra sería recibida jubilosamente y significaría un claro alivio en medio de la obscura tristeza a que nos tienen acostumbrados la mayoría de los jóvenes pintores de nuestros días.

     Ramón de Vargas

 

La pintura simplificada, de firma esquematismo, de Ramón de Vargas ofrece sólidas promesas y realidades ya dignas de atención. Su numeroso conjunto de óleos y dibujos, expuestos en Biosca, dio razón, junto a naturales vacilaciones juveniles, de un artista inteligente que sabe lo que busca, aunque aún se halle algo distante de conseguir la sólida unidad de estilo a la que, por temperamento, tiene propensión. Posiblemente, su actual renuncia al color – De Vargas pinta con blancos y grises- sea motivada por eliminar factores que retarden esta aspiración de dotar a su obra de reciedumbre homogénea. Posiblemente sea también porque en la máxima sobriedad cromática halle mejor cauce para precipitar sus ansias de expresión. De Vargas tiene un rasgo expresionista acusado, de valeroso lenguaje plástico, en el que el pincel emplasta pródiga y libremente, con libertad y prisa de muralista que ha de cubrir grandes extensiones. Su visión constructiva es rápida y elemental, y se funda en la eliminación de efectismos superfluos.

Montero de Pedro: Barcas.

arte contemporáneo

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