Se acabó la magia

 

Juan Manuel Rodríguez

 

 

Espacio Olvera

Mallén, 8. Sevilla

 

Hasta el 11-5-19

 

 

Los ángeles pueden volar porque

se toman a sí mismos a la ligera.

 

G.K. Chesterton

 

 

Ya se refieran a una exposición, o bien a una obra en concreto, siempre he pensado que los títulos son fundamentales en arte. Me gustan, confío en ellos. A veces son muy descriptivos, incluso muy literales; otras, en cambio, se exhiben voluntariamente crípticos. En ocasiones pueden ser muy evocadores, pero en otras pueden sonar muy pretenciosos. No obstante, y más allá de las voluntades narrativas que acompañen a una determinada práctica artística, dicho enunciado ofrece una expectativa inicial que, ante nuestra experiencia inminente, enseguida va a verse satisfecha o frustrada.

 

En este sentido, no puedo más que fascinarme con el título que Juan Manuel Rodríguez (Málaga, 1979) ha escogido como reclamo inicial de su exposición individual en el Espacio Olvera de Sevilla. De entrada, “Se acabó la magia” parece ponernos en alerta ante algo que, según parece, podría estar llegando a su fin; un devenir dramático que funciona como auténtica declaración de intenciones sobre su modo de entender el oficio de pintar, o más bien de seguir pintando.

 

En el ámbito de los sentimientos, del amor y el desamor, “se acabó la magia” se suele utilizar como una frase hecha que sintetiza el desenamoramiento. Y esto me hace pensar también en un título de 2017 utilizado por el artista – en esa ocasión en diálogo con José Medina Galeote en el Museo Unicaja Joaquín Peinado de Ronda – y estrechamente ligado a esta exposición: “Vi como sucedía, pero no hice nada”. Ambos títulos apuntan a una relación pasional en extrema situación de crisis; en ambos casos, desde la pintura aflora también un deseo narrativo y performativo capaz de elogiarla y a su vez ponerla en jaque sin remordimientos. Diría que esa tensión entre contrarios, esa confrontación ideológica, resume a la perfección su relación con la pintura.

 

“Se acabó la magia” avanza por tanto una de las claves principales en la obra de Juan Manuel Rodríguez: la revisión constante de su condición de pintor en un entorno – el del arte contemporáneo – no siempre sensible o receptivo ante una pintura figurativa que, por pasión también, bebe de la tradición pictórica española para reivindicarse, además, como práctica de índole conceptual. De este modo, su pintura conecta dos grandes líneas de actuación que normalmente, o salvo contadas ocasiones, no suelen encontrarse. Por un lado, el virtuosismo, en su caso marcado por una fuerte herencia barroca y cierto gusto hiperrealista; por el otro, el peso discursivo que pone en tela de juicio la figuración pictórica – o al menos lo que se espera de ella - mediante situaciones paródicas, autocríticas y absurdas inspiradas en el engaño y la fantasía de la magia.

 

Espacio Olvera pone en diálogo toda una serie de obras recientes donde se entrecruzan relatos y personajes que construyen un imaginario particular dotado tanto de misterio como de sentido del humor. Así nos encontramos, por ejemplo, con cuadros tan insólitos como un acto de levitación pictórica (situado en el suelo de la sala, sin colgar), un juego de trileros desactivado por la transparencia honesta de unos vasos de plástico, un frágil castillo de naipes, un esqueleto de golondrina en actitud de volar, un ejercicio de falso mentalismo (donde las cosas no se mueven con la mente, sino con un palo) o un retrato literal del gran Juan Tamarit – todo un mito generacional– tocando su invisible violín como símbolo eufórico del final del truco. Además, y contrariamente a la presentación estandarizada y clásica de la pintura - donde suele primar más bien la autonomía de cada lienzo - el artista genera aquí un juego de relaciones libres que convierte la mayor parte de sus contenidos en instalación, relacionando unas piezas con otras, o situándolas a alturas diversas en beneficio de un sentido coral. En definitiva, el respeto desacomplejado que Rodríguez pone en escena es también lo que le permite confiar y desconfiar al mismo tiempo en aquello a lo que se dedica con fervor.

 

Por último, podemos decir que ‘Se acabó la magia’ se basa en un equilibrio sutil la técnica (aquello que seguimos admirando en un artista, puesto que nosotros no sabríamos hacerlo) y el pensamiento crítico (aquello que también esperamos de él, que nos haga pensar). Y ahí es donde el ilusionismo conceptual de su pintura nos invita, desde el descrédito, a seguir creyendo.

 

                                                                           David Armengol

 

 

Texto e imágenes cortesía de Espacio Olvera.

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