Gregorio Vigil-Escalera escribe sobre  la serie ‘Mestizos: de Aponte a Belkis Ayón’ del pintor Felipe Alarcón (IV)

No se escuchó a Martí, el apóstol, cuando dijo que “esa de racista está siendo una palabra confusa, y hay que ponerla en claro. El hombre no tienen derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos”.

 

Estaba claro, entonces, que la idea de independencia, de formación de una nación cubana, sólo podría ser posible si se integraba al mestizo en la lucha contra el colonialismo español. No se puede orquestar una cultura nacional mientras al margen de la sociedad esté un tercio de la población. En lo que coincidía una intelectualidad negra que a finales del siglo XIX se hizo representativa del pensar y sentir de la población negra y mulata, y que lo era también del pueblo-nación en su totalidad.  

 

Fue en esos albores republicanos, en que, contra el bipartidismo que no les representa, se crea el Partido de los Independientes de Color (PIC), de vida efímera, pues fue víctima de una disposición promovida por un senador liberal negro que prohibió la presencia de partidos que agrupasen individuos de una sola raza o condición. Tal episodio histórico dio lugar a un levantamiento –una constante en el acontecer de los últimos siglos- que fue reprimido atrozmente.  

 

Tal descontento era comprensible al haber alcanzado los negros y mestizos un tercio de la población en 1953, sin que esto se reflejase en una mejoría socio-económica, laboral y cultural. Y aunque la discriminación racial fue abolida desde los primeros momentos de la Revolución, la desigualdad continuó, siendo prueba de ello su menor presencia en las aulas universitarias y su más elevada representación entre la población penal.

 

No obstante, por medio del arte pudieron reflejar sus creencias y costumbres, su cultura y creatividad, convirtiéndose así en su refugio y mejor manera de expresarse.  Incluso en 1928 se registra un movimiento “negrista” que pone de manifiesto las raíces afro-españolas y mestizas de la isla, que en la poesía de Nicolás Guillén da lugar al nacimiento de un gran arte cuyo secreto sólo él conoce (Ballagas). 

Esta singladura demuestra cómo desde fecha temprana se percibe un movi-

miento de resistencia que incluye a negros y mestizos enfrentándose, a través de distintas formas de cimanorraje cultural, a la dominación instructiva y educativa española.  A lo que hay que añadir una cultura criolla floreciente entre la mitad del siglo del siglo XVIII y finales del XIX, proveniente de una intelectualidad nacida entre los dueños de las plantaciones, que se expresaba, principalmente, por medio del costumbrismo y el romanticismo. Y también encontró en las artes plásticas una forma de expresar sus ansias de autoengrandecimiento.

 

Alejo Carpentier, que puso su obra bajo el signo del mestizaje cultural, dio un paso más y planteó, en una conferencia en 1975, la exacta equivalencia entre lo real maravilloso, el barroco y el mestizaje.

 

Felipe, que tiene una concepción pictórica como un continente o incluso varios, simultanea ambas facultades con maestría, la misma que aplica a su uso de la técnica del collage, acercando,  ensamblando y estructurando las distintas presencias plásticas a través de la disposición de los distintos componentes que las integran. 

 

Por otro lado, el fondo de cada una de las piezas fluctúa entre una realidad soñada –una pantalla onírica- y otra fruto de su revelamiento obligado y concebido en función de una escala de medidas. Con ello la configuración actúa bajo una ensoñación que nos transporta hacia un vuelo imaginativo libre para depositarnos posteriormente, mediante un retorno, a la verdad de un núcleo central que al final se impone y define la estrategia plástica. 

  

Las fisonomías de sus acreditadas personalidades concitan el significado que fundamenta el núcleo de su identidad, esas luces de sombras mestizas incorporadas a su simbolismo y significación en la historia de un pueblo.  Retratos individuales y de grupo, en definitiva, que exigen del observador que esté en relación con ellos de forma activa, aportando su propia psicología y sus propias respuestas.  

 

Incluso, yendo mucho más lejos, llegaríamos al arte trágico de Nietzsche, esa articulación de lo dionisíaco y lo apolíneo, que capta la vida que se desliza bajo el torbellino de los fenómenos.  (Imágenes cortesía de Felipe Alarcón)

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